Ignoro si los cerebros del PP les habrá llamado la atención el escaso eco mediático –incluso en los numerosos medios de comunicación afines- la escasa repercusión que tuvo el balance de fin de curso que el pasado jueves hizo su presidente Alberto Núñez Feijóo.
Su mantra de acabar con el sanchismo ya está gastado, el tema de la corrupción le está saliendo rana al tener en sus filas hechos tan graves como los atribuidos en las filas socialistas, sus críticas a la cúpula judicial no tiene otra interpretación que la de haber perdido su control (por “la puerta de atrás o por la de delante”). Esto sí, prometió continuar enmarañando la vida política con una oposición barriobajera como la que ha ido practicando en los últimos meses.
La única novedad que aportó el dirigente popular es que si llega a La Moncloa derogará una serie de leyes aprobadas por el Congreso, pero sus propuestas de gobierno sólo las podemos deducir por los votos de sus diputados: apoyo a las eléctricas, no incrementar los impuestos a los sustanciosos beneficios de la banca, negar el cambio climático, respaldar los pisos buitres y el libre precio del alquiler de la vivienda, permitir la construcción en zonas protegidas, potenciar la sanidad y la educación privada, combatir el uso de las lenguas cooficiales, recortar en la medida de lo posible las prestaciones sociales empezando por las pensiones, abolir la ley de la memoria histórica…
El PP sí que tiene programa, aunque no lo expliciten en sus discursos, pero sí que las utilizan en las comunidades donde gobiernan. Feijóo asegura que si no presenta una moción de censura “no es por falta de ganas, si no por qué le faltan siete votos”. Dudo que los populares en los próximos comicios logren la mayoría absoluta. Como sus posibles afines ideológicos –Junts y el PNV- parece difícil que puedan llegar a acuerdos de gobierno, sólo les queda la posibilidad de gobernar con VOX si los números lo hacen posibles y a la vista está el alto precio que esta formación les cobra en muchas autonomías donde gobiernan para lograr la estabilidad de sus gobiernos. Y esa posibilidad asusta a muchos, incluso dentro de las filas populares.
Además, en política dos años (que es lo que faltan por las elecciones) son una eternidad. La moda de los populismos imperantes – empezando por Estados Unidos- puede quedar desfasada en estos meses en vista de sus efectos (la popularidad de Trump empieza a caer significativamente en las encuestas) y quizás cuando llegue el momento de votar Feijóo (o quien le suceda) se encontrará que su pólvora está mojada.
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