En un coche de alquiler italiano escapé de Mad-MadAA (Ayuso-Almeida) y de la Ola de Calor. Buscaba un oasis cercano en el que dormir abrigada. Go West, me aconsejó una vieja canción.
Con 40 grados en el cogote, dos trajes de baño, chanclas, gorro, goggles y toallas, puse rumbo Oeste. Llegué a Ledesma, Salamanca. Me alojé en una casa de piedra en medio de una dehesa. Dormí profundamente, incluso me abrigué al amanecer. Decidí quedarme, sin saber aún, que estaba disfrutando de los encinares, condenados a muerte por los incendios forestales.
Mi alojamiento se encontraba a tiro de piedra de las aguas del embalse de la Almendra. El baño se permitía a riesgo del bañista: garrapatas en la orilla, bacterias come carne… Ante el panorama, se me encogió el corazón.
Tendría que buscar mi oasis en una piscina pública. El parking de la de Ledesma estaba repleto de coches de alta gama.
Las aguas municipales diluyen diferencias sociales. Dos euros me franquearon la puerta del Paraíso; dos piscinas rodeadas de una pradera de hierba natural. Unos pocos árboles daban sombra a un rebaño de trajes de baño. La piscina principal estaba abarrotada de ciudadanos de toda edad y condición sofocada por el agua. Un socorrista de pelo «retinto» me aseguró que en 10 minutos la instalación se quedaría vacía.
A las 14,15 ocurrió el vaticinio. El pitoniso se despojó del uniforme y se dispuso a ejercitarse. Lo seguí sin dudarlo. Guedejas, mechones, ovillos. ¿Me habría zambullido en el mar de los Sargazos? Algún pelo parecía made in China. ¿Peluca o natural?
Sin duda, la piscina de Ledesma se podía calificar de peluda.
Me inspiré en Charles Francis Richter y su escala de terremotos. Así comencé mi escala de piscinas públicas peludas. Tendría 3 niveles: 0, 1 y 2. De momento, Ledesma: 2.
En unos días necesitaría ampliarla.
Efectivamente, a los 40 minutos, la tranquila natación se vio interrumpida; vecinos al borde de un golpe de calor llegaban en tropel. En estas condiciones, nadar se convertía en actividad antisocial.
Pitoniso y yo lo dejamos. Me quejé de las guedejas. Me informó que el Ayuntamiento se planteó exigir gorro de baño. No llegaron a entendimiento. La izquierda consideraba al gorro un lujo capitalista, la derecha lo tenía por cosa de maricones (que en Ledesma no había). Es más, en la provincia solo se recordaba a uno que emigró a Barcelona en tiempos de Franco (suspiro), un tal Madame Arthur que actuó en el Gambrinus y en la noche barcelonesa durante los años 60 y 70 (otro suspiro). El centro, afeminado, no se atrevió a exigir gorro de baño. Se consoló con que la mayoría de los usuarios eran «bañistes» estáticos que no se mojaban la testa.
Pedí hoja de súplica y dejé la mía; gorro de baño y agua caliente en los vestuarios.
De piscinas por Salamanca
Decidí probar suerte en Salamanca capital. Me habían hablado de la piscina Garrido.
La pradera era extensa y cubierta de un césped natural en buen estado. Árboles frondosos que daban sombra todo el día. Dos vasos para nadar, en el más grande 50×25 se exigía gorro. Agua clara y sin pelambres. Aprecié que los bañistas mañaneros eran tritones. Me zambullí de inmediato.
Nivel 0 en la escala peluda, además el agua estaba fresca para el extremo calor del día y no olía a cloro. Pega, no había agua caliente en los vestuarios.
Portugal también entra en el ranking piscinero
Si los salmantinos eran tan refinados. ¡Cómo serían los educados portugueses!
A media mañana del día siguiente llegué a Miranda do Douro, donde los lunes de verano no hace calor, pues cierran la llamada Piscina Abierta Municipal.
Paseé por la ciudadela y compré prendas de algodón. Para el aperitivo me aposté en la terraza de la antigua Pousada Santa Catarina, extramuros. A mis pies; los Arribes del Douro. ¡A poco me tiro en dron!
El golpe de calor al salir de la ex Pousada me dejó traspuesta. En el trayecto a la Piscina Descubierta Municipal solo vi a una joven de aspecto angoleño que iba apresurada en la misma dirección que yo.
Cuando llegué, el recinto rebosaba. Los bañistas se apoyaban en la verja perimetral, el vaso estaba completo. Más que agua se veían cabelleras muy voluminosas, que recordaban que Portugal había sido la madre de Brasil, Angola y Mozambique.
Desde la parte exterior de la verja califiqué esa piscina de peluda. Mi admiración por Portugal me hizo perseverar. Estaba segura de encontrar allí mi santo Grial.
La piscina de Braganza
Dos días más tarde estaba en Braganza. Las Piscinas do Clube Académico de Bragança resultaban muy fotogénicas en internet. Eso me animó. Aproveché para visitar el castillo y la ciudadela de los Braganza. Esperanzada llegué a la piscina. Me recibieron copas de árboles alborotadas. Todo era frondoso y equilibrado. Estaba en éxtasis.
Cuatro euros después, me asomé. Las piscinas ocupaban el centro de una gran pradera en pendiente rodeada de una frondosa arboleda. En el agua sobrenadaban pelambres flotantes. Ni un solo gorro. La población bañista se organizaba por su color. Cuanto más oscuro, más se apiñaban en la zona menos profunda.
El recinto que el Club Académico dedicaba a piscinas era grandioso, podría convertirse en un gran refugio climático. Solo necesitaba de más árboles de buena sombra y de gorros.
Me encasqueté el mío y nadé entre los distintos barrios acuáticos. Del negro al blanco. La superficie del agua mostraba una película de crema solar que en algunas partes floculaba en blanco con pelambres calidad angoleña ¡Qué buen pelo!. Un operario, quizás avergonzado, se afanaba en eliminar la prueba de que parte de los bañistas estaban por educar. La Unión Europea debiera establecer un título de usuario de piscinas, similar al de propietario de gallinas caseras.
La Escala Peluda quedó así:
Club Académico do Braganza: 3,
Ledesma: 2 y
Piscina Garrido Salamanca: 0.
El resto de la ola de calor la pasé en la pradera de las piscinas Garrido. Por las mañanas nadaba desahogada. A eso de las cinco la pradera se llenaba de vecinos que acudían con sus sillas plegables a refugiarse del calor hasta el cierre. Las tardes las leía debajo de un plátano. De vez en cuando me caía un pulgón y dos veces me cagaron pajaritos. Aguanté porque eso no le importó ni a Don Benito Pérez Galdós ni a Houllebecq. A mí tampoco.
El 15 de agosto, leída y nadada, regresaba a la casa en la dehesa. La Guardia Civil me lo impidió. Un incendio amenazaba la comarca. A duras penas encontré cama en aquel infierno. Al día siguiente la Autoridad me permitió hacer el equipaje y así acabó mi verano por las piscinas públicas en mi viaje rumbo Oeste. Sentí una enorme pena
por esas encinas desamparadas. Sus cientos de años estaban próximos al fin.
¿Qué «piscina», peluda o no, podría salvarlas de este cambio climático? Las viejas encinas no votan. ¡Derechos para las encinas!
Teresa Sartorius es licenciada en Ciencias de la Información.
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