Posiblemente, si el gran Joan Manuel Serrat escribiera ahora esta popular canción, no sería de extrañar que la empezara así.
Posiblemente, cuando nos despertamos muchos pensamos “qué nuevas barbaridades” nos encontraremos cuando pongamos los primeros informativos y normalmente las novedades cumplen nuestras siniestras expectativas. Por una parte, el candidato al premio Nobel de la Paz se ha convertido en el señor de la guerra. Ahora pretende reescribir la historia de los Estados Unidos, aparte de bombardear supuestas lanchas de narcotraficantes venezolanos en aguas internacionales, y sobre todo dejando en papel mojado su propia Constitución, su sistema judicial y los acuerdos que tiene con los organismos internacionales y recuperando los poderes que tenían los reyes medievales, hasta el punto de sacar a la calle al ejército para controlar a sus ciudadanos.
Lo malo para su enorme ego es que se deja tomar el pelo por las adulaciones de Putin, no duda en colaborar con las genocidas actuaciones de su gran aliado Netanyahu, quien los mal pensados insinúan que prolonga deliberadamente la guerra para que los tribunales le vayan aplazando el juicio que tiene por presuntos delitos de soborno, fraude y abuso de confianza que le podrían representar hasta diez años de prisión (recuerdo el poema de Salvador Espriu cuando dice que “a veces es necesario que un hombre muera para salvar a su pueblo, pero nunca todo un pueblo ha de morir para salvar a un solo hombre”). De momento sigue con las manos libres e incluso ha presentado el futuro del complejo turístico que junto a Trump tienen planeado construir en Gaza.
Lo que sí que ha conseguido Trump es que los europeos destinen una parte muy significativa de su presupuesto para la industria militar, con la condición que el nuevo armamento se compre en los Estados Unidos (o sea que son los únicos que se han bajado los pantalones).
Claro que mientras se entretiene con sus ocurrencias y sus supuestas negociaciones de paz (llegando en algún momento a pretender la rendición de Ucrania para hacer negocios con los rusos) el exdirigente de la KGB le llena de halagos para seguir haciendo lo que le da la gana, o sea incrementando sus bombardeos y dejando entrever sueños de reconstruir y ampliar la antigua Unión Soviética.
A la chita callando quien se frota las manos es el presidente chino Xi Jinping, que entre unos y otros le dejan el terreno libre para ir ganando influencia en el comercio internacional.
Ante este panorama con el que nos desayunamos cada día nos va haciendo insensibles a muchos, hasta el punto que parece procedente recuperar la definición de dudosa paternidad aunque muchos la atribuyan a Lenin que constata que “un muerto es una desgracia, un millón de muertos sólo es una estadística”.
Para que “hoy vuelva a ser un gran día” me temo que tendrán que pasar muchos días.
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