Milsetentayseis de la que todos hablan y no nació en año bisiesto

24/10/2025

Carmen Duerto.

Cada cuatro años, vivimos un 29 de febrero. Curiosamente el año 1076 fue bisiesto, pero eso no es el motivo por el que una joven y original bodega de la DO Ribera del Duero se llame así. No nacieron bisiestos pero sí que lo hicieron a esa altitud. En la burgalesa peña Cuervo una plantación de uvas tempranillo que divisa un valle verde en calma, originó el nombre de la última bodega puesta en marcha por el emprendedor, Pedro Ruiz Aragoneses, el alma de Pago de Carraovejas. Por cierto, que invocar ese nombre son palabras mayores por la calidad de sus vinos.

Pedro Ruiz Aragoneses de Milsetentayseis

En cierta forma Milsetentayseis, que es una exquisita miscelánea de viñas viejas y nuevas, es un homenaje a los agricultores que aún mantienen sus terruños. La bodega se abastece de uvas de múltiples pequeños pagos familiares de la zona de Fuentenebro. Si no existiera este proyecto de Ruiz Aragoneses algunos ya habrían abandonado la tierra y de esta forma se aleja el drama de la España vaciada.

En la época prefiloxerica estas recias y espartanas tierras de Burgos, estaban plagadas de viñedo porque la calidad del vino era excepcional. La filoxera llegó en 1910 y los agricultores se vieron obligados a arrancar las viñas para dedicar los terrenos a cereal, ganado, e incluso, a extraer los minerales abundantes en la zona; cuarzo, mica y arcilla.

Javier Rivero enólogo de la bodega

Pasado el peligro originado por ese diminuto insecto parecido a un pulgón que nos llegó de América del Norte, algunos arriesgados comenzaron a replantar viñas con garnacha, viura o monastrel para consumo propio. La zona da un giro hacia arriba, cuando en 1982 se crea la Denominación de Origen Ribera del Duero. Diez años mas tarde los consumidores descubren tal explosión de virtudes, que la DO Ribera del Duero se pone de moda. Surgen los vinos galácticos de Ribera y sus acólitos.

Tienen que pasar algunas décadas, con esa gripe superada, cuando en 2018 y con un total de 23 hectáreas ( lo que es una cantidad muy ajustada para una bodega) comienzan a ver la luz los vinos de la pequeña y discreta bodega Milsetentayseis. Hasta tal punto es ajustada que de uno de su viñedo histórico, el llamado La Peña que riega el Arroyo de la Vega de la Torre, apenas da uva para  1.500 botellas. Su media hectárea es recolectada a mano, una a una por el enólogo, su equipo y hasta el propio Pedro Ruiz Aragoneses. Es una producción peculiar porque en ese pequeño espacio hay viura, albillo, alarije, bobal, garnacha y tempranillo. De todo ese batiburrillo de esmeraldas, rubies y topacios nace un incunable, un vino al que hay que hacerle la ola y quitarse el sombrero antes de mojarse los labios con él.

Cepa centenaria de la finca La Peña

Pero lo mejor de todo este proyecto Milsetentayuno, es ir a conocerlo. Patear sus viñas, escuchar el silencio en el que viven, respirar el aire puro y remojarse en los tres arroyos (la Serrezuela, Vega de la Torre y Pardilla) que limitan los pagos por los que discurre esta bodega, que tiene como centro la localidad de Fuentenebro y si a eso, lo acompañas de una morcilla bien crujiente y un lechazo, es posible que pienses que en la llamada “España vaciada” no se vive tan mal y se bebe mejor.

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