La expresión quinta columna se utiliza en la terminología bélica para definir a un conjunto de personas potencialmente desleales a la comunidad en la que viven y susceptibles de colaborar de distintas formas con el enemigo. Situación que se asemeja casi miméticamente a la estrategia y al proceder político de Vox y de Santiago Abascal, convertidos en el principal aliado del sanchismo gobernante y en cómplice necesario para la continuidad de Pedro Sánchez en La Moncloa y la permanencia de las cloacas y el fango de las múltiples denuncias de corrupción que rodean al Gobierno y al PSOE.
Ahí están la ruptura total de relaciones con el Partido Popular en Extremadura poniendo contra las cuerdas a María Guardiola y a los presupuestos autonómicos, condenando a los extremeños a un adelanto electoral por la pinza con el PSOE del imputado Miguel Ángel Gallardo en el proceso por la contratación del hermano de Sánchez. La crisis total entre PP y Vox en Aragón, donde Abascal se plantea no apoyar al presidente Jorge Azcón en una futura investidura presidencial, o el ataque sincronizado entre PSOE y Vox contra la mayoría absoluta de Juanma Moreno y desestabilizar Andalucía.
Son solo algunos de los ejemplos más recientes de este quintacolumnismo del partido de Santiago Abascal que no sólo no colabora para formar gobiernos sino que los sabotea. Al tiempo que arroja serias dudas sobre la viabilidad de esa hipotética suma del bloque de centroderecha con el Partido Popular para expulsar a Sánchez del gobierno si hay convocatoria de elecciones generales.
Un partido, Vox, de cuyas capacidades de gobierno o de gestión sólo tenemos el precedente de la espantada que dieron a Fernández Mañueco en Castilla y León, y cuyas rupturas con los populares no obedecen a razones que afecten a España o a los ciudadanos. No rompen por discrepancias sobre el empobrecimiento general, el desempleo, la sanidad, la educación, o la vivienda, sino por razones estrictamente electorales o doctrinarias. Como afirman algunos de los muchos críticos con Abascal que han abandonado la formación Vox hoy “no es un partido, es un negocio”.
Y un partido o negocio que se alimenta con un mensaje frentista radical y demagógico, demostrando también en esto evidentes analogías con Sánchez y el sanchismo. Y que como Sánchez sólo se ocupa y se preocupa de desmarcarse y boicotear la alternativa de gobierno, en franca contradicción los que dicen ser son su ideología y sus principios y contribuyendo decisivamente a alimentar el clima de inestabilidad política y de inseguridad jurídica que están deteriorando gravemente a la economía, a las empresas y a las inversiones que son las que crean prosperidad y puestos de trabajo.
Inversiones que, como muestran los datos oficiales, están estancadas a niveles de antes de la pandemia en el caso de las nacionales y que se desploman en el caso de las extranjeras que en el primer semestre de este año han caído un 69,4%, 12.900 millones menos que en enero-junio de 2024. Caída que se suma al descenso del 27,2% que experimento la entrada bruta de capital productivo exterior en nuestro país el año pasado. Y las inversiones cuando se van a otro sitio ya no vuelven.
Se lamentaba recientemente el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, que el problema de España es que mandan los extremismos. Una reflexión tan acertada como preocupante para los empresarios, pero especialmente para el Partido Popular que da la impresión de no saber gestionar la ofensiva a que le someten por ambos flancos, aunque posiblemente muy beneficiosa para Pedro Sánchez que tiene en el partido de Santiago Abascal su comodín del público para seguir alentando el espantajo de la ultraderecha y ver como la división del voto entre los grupos de la oposición le favorece. Y más que preocupante, alarmante para nosotros, los españoles de a pie que nos estamos jugando la democracia, el Estado Derecho, la unidad, la economía y la libertad.
Si de verdad Abascal y Vox aman tanto a España, como dicen, lo mejor que pueden hacer es disolverse.
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