“Miré los muros de la Patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados…” Recordaba estos versos del Salmo XVII del inmortal Francisco de Quevedo mientras desde el Gobierno explicaban la nueva resurrección del “comodín de Franco” para festejar el medio siglo de la muerte del dictador, que no de la recuperación de la democracia y de las libertades. Que ese mérito corresponde a la Transición y a los hombres que la hicieron posible, junto al conjunto de la ciudadanía española. Hombres y nombres como Adolfo Suárez, Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Fraga, Fernando Abril Martorell, Alfonso Guerra, Miguel Herrero de Miñón, Gregorio Peces Barba, Miguel Roca, Torcuato Fernández Miranda y tantos otros, empezando por el Rey Juan Carlos I, el impulsor de todo y el más importante de todos.
Y rememoraba los citados versos comparando la clase política actual con la de entonces. Unos políticos, aquellos, que eran profesionales de prestigio en sus respectivas actividades y que se incorporaron a la política para servir a España con sentido del Estado y voluntad de reconciliación.
Quien esto escribe iniciaba en 1977 su andadura en esta profesión de informar con independencia y con verdad y recuerdo con nostalgia y añoranza las señales que en las sesiones plenarias del Congreso se mandaban Fraga y Carrillo a media tarde para tomar juntos café, o los paseos interminables de Abril Martorell y Alfonso Guerra alrededor del M-30, como se conoce al pasillo que rodea el hemiciclo. Y sobre todo la voluntad de renuncia, entendimiento y reconciliación que presidía los movimientos y la actuación de todos los grupos políticos y de sus dirigentes.
Actitudes y sentimientos que contrastan con la clase política actual que salvo excepciones, que las hay, se caracteriza por una evidente pobreza intelectual y una carencia de preparación y experiencia profesional que hace que fuera de la política no tengan donde volver para ubicarse lo que les impulsa a la sumisión, traicionando a la democracia ya sus principios, aquellos que los tienen y, en algunos casos a la corrupción que ejemplos tenemos para dar y contar aquí y ahora.
Voluntad de entendimiento, de servicio a España y sentido del Estado la de los hombres de la Transición que tuvo su más trascendente plasmación en los Pactos de la Moncloa. Un Acuerdo sobre el programa de saneamiento y reforma de la economía y Acuerdo sobre el programa de actuación jurídica y política que hicieron posible la recuperación de la economía de una España en quiebra con una tasa de inflación que había superado la frontera del 26%, y que hoy serían imposibles. Unos pactos que, impulsado por el entonces ministro de Economía, Enrique Fuentes Quintana, suscribieron desde el Gobierno y la UCD de Adolfo Suárez hasta la Alianza Popular de Manuel Fraga, pasando por el PSOE de Felipe González, el PCE de Santiago Carrillo, además de Convergencia i Unió (antecedente de Junts per Cat), el PNV o el PSP de Tierno Galván, junto con los sindicatos UGT y CCOO y la patronal CEOE.
En el ámbito económico se reconoció el despido libre para un máximo del 5 por 100 de las plantillas de las empresas, el derecho de asociación sindical, se limitó la subida de salarios al 22 % en función de la inflación prevista, se estableció un freno a la masa monetaria y la devaluación de la peseta fijando el valor real del mercado para contener la inflación. Esto, además de una reforma de la administración tributaria para reducir el déficit público y el control financiero por parte del Banco de España y del Gobierno para evitar quiebras bancarias y la fuga de capitales hacia el exterior. Todo un conjunto de medidas que fueron el principio de la transición hacia una economía de libre mercado homologable con las democracias occidentales y que ponía los cimientos para la integración en la, entonces, Comunidad Económica Europea.
Mientras que el terreno de la política se suprimieron las restricciones a la libertad de prensa con prohibición de la censura, se aprobaron los derechos de reunión, de asociación política y la libertad de expresión, se creó el delito de tortura y se derogó la estructura del Movimiento Nacional.
Esto es lo que habría que celebrar y recordar, y no la muerte de un dictador que falleció en la cama. Pero como decía recientemente César Antonio Molina, que fuera ministro de Cultura en el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, muchas cosas de Sánchez recuerdan mucho a Franco. Nos estamos jugando la democracia y la sociedad civil anestesiada.
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