Con un gobierno enfangado por las denuncias e investigaciones de corrupción del entorno del presidente, su mujer, su hermano, sus más directos colaboradores, de su fiscal general y algunos de sus ministros, además de llevar camino de tres años sin Presupuestos del Estado, y en minoría parlamentaria en cualquier país serio y democrático cualquier presidente habría dimitido y convocado elecciones. Pero también cualquier oposición seria, con conocimiento de la táctica política, de la estrategia electoral, con un mensaje claro y contundente y con una estrategia de comunicación estaría disparada en las encuestas.
Pero aquí en España no. En estos momentos, desde que gobierna Sánchez, volvemos a reeditar el trasnochado eslogan del Spain is different que habíamos abandonado con la Transición y el Partido Popular parece abocado a ese Regreso al Futuro, que rezaba el exitoso filme de Robert Zemeckis en la década de los ochenta. Un regreso al futuro, el de los populares, que les puede condenar a revivir el 23 de julio de 2023, repitiendo los mismos errores y con los mismos o peores resultados, a tenor de la coincidencia existente en los últimos sondeos, mientras Vox crece de forma exponencial.
Se pueden buscar culpables externos como la polarización, la división de voto del centroderecha, la pinza de Vox con el PSOE, o el contrasentido de que todavía exista un 25% de votantes infectados de fanatismo o de ignorancia que no entienden que nos estamos jugando la democracia o, lo que es peor, no les importa. Pero ello no exime de hacer una profunda reflexión interna para concluir que la culpa principal está en el propio Partido Popular, en su estructura y en sus dirigentes que siguen aferrados a una estrategia política y electoral manifiestamente mejorable que si les ha servido para atraer a los votantes de Ciudadanos es claramente ineficaz e insuficiente para recuperar a los fugados hacia Vox o para atraer a descontentos del PSOE.
Un partido carente de un mensaje definido y contundente, que sigue transmitiendo la impresión de que no sabe qué ser de mayor, si conservador o socialdemócrata. Carente de táctica, pericia y equipo de comunicación convincentes, con líderes de carisma limitado, salvo reconocidas excepciones en Madrid. Andalucía o Galicia y que ha confundido la autonomía territorial con descontrol. Ese es el dilema de Feijóo.
El mismo partido Popular que no ha sabido explotar la corrupción y que sigue sin utilizar con la profusión y contundencia necesarias la incongruencia y el absurdo de que Sánchez no conociera las andanzas de Cerdán, Koldo o Ábalos o desconociera las reuniones y actividades de su mujer con empresarios o el enchufe y la situación fiscal de su hermano. Y que, ni siquiera sabe administrar los tiempos, como demuestra el anuncio de la dimisión de Carlos Mazón en Valencia el mismo día que comienza el juicio en el Supremo contra el Fiscal General, que se dice del Estado, pero que lo es de Sánchez.
Decía un destacado alto cargo en los gobiernos de José María Aznar que el bolsillo de las familias y los ciudadanos es el motor más potente para mover los votos. Y resulta cuando menos sorprendente e inaudito que con la que está cayendo en la economía real aquí y ahora con 3,7 millones de personas registradas que no están trabajando. Donde viven 21,7 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión, de los que 4,3 millones están en situación de exclusión severa, un tercio de las cuales, 1,4 millones, son niños. Y donde tener un contrato fijo no supone tener un empleo estable ni poder llegar a fin de mes, el Partido Popular no esté incidiendo, denunciando y demostrando el panorama pavoroso de un país empobrecido, mientras el gobierno insiste en vender su mensaje torticero de que tenemos una economía “que se sale”.
Y mientras Vox y Abascal trabajando para Sánchez. Y no es que se equivoquen de enemigo, es que su enemigo no es Sánchez ni el sanchismo. Necesitan a Sánchez para subsistir y Sánchez necesita a Vox como tonto útil para debilitar al Partido Popular, restarle opciones de gobierno porque la ley D`Hont penaliza la división y porque le permite seguir amenazando con el fantasma de la ultraderecha. Si de verdad Abascal y en Vox tanto aman a España, lo mejor que pueden hacer es disolverse.
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