El presidente de los Estados Unidos se cree el amo del mundo y lo que es peor que muchos se lo creen. Después de sus fracasos como pacificador del mundo y los graves conflictos que su política interna ha provocado en sus ciudadanos, ahora pretende “salvar a Europa” denunciando los peligros que se ciernen sobre la Unión Europea para su supervivencia a corto plazo.
Él, que ha desencadenado en su país una caza de brujas con todos sus disidentes, que se pasa por el forro las leyes de su país y no digamos la legislación internacional, en su plan estratégico firmado de su puño y letra acusa a las democracias europeas de “censurar la libertad de expresión y reprimir la oposición política” y augura que si no se toman medidas “Europa será irreconocible en 20 años”. Además, critica el apoyo a Ucrania y hace un descarado respaldo a las fuerzas ultraderechistas que ha contribuido en gran manera a implantar en Europa.
La propuesta ha despertado la estupefacción entre los dirigentes europeos, pero hasta el momento nadie se atreve a plantarle cara. Lejos de plantarse ante sus pretensiones acceden a aumentar el presupuesto militar –en detrimento del estado de bienestar – con la obligación de adquirir el nuevo armamento a la poderosa industria militar norteamericana y todos (unos más que otros) acatan estas directrices europeas, desestabiliza la economía mundial con su política arancelaria (que no deja de ser un arma de doble filo porque los estadounidenses pagarán más caros los productos europeos) y se constata como los dirigentes europeos acuden uno tras otro a suplicar una rebaja.
Está envalentonado y mientras los corderos tiemblen ante sus pretensiones, cada vez impondrá nuevas condiciones. Quizás sería hora de que alguien le colgara el teléfono y despreciara de la manera más educada posible (como hace Netanyahu o Putin) sus imposiciones. Sería la manera no sólo de hacerse respetar, sino de pararle los pies.
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