Parodiando el título de la afamada comedia de Pedro Muñoz Seca y a la vista de los resultados de los comicios autonómicos del 21-D parece acertado decir que los extremeños se tocan y los extremeños sí tocan. Tocan y marcan la pauta de lo que todo apunta será el annus horribilis de Pedro Sánchez. Porque las encuestas y las tendencias apuntan a que al descalabro histórico del PSOE en Extremadura le seguirán desastres parecidos en Aragón, Castilla y León, Andalucía y posiblemente en un adelanto de las generales, que ahora parece más necesario y más cercano.
Todo ello aderezado con las investigaciones policiales, las demandas judiciales, las imputaciones y más que posibles condenas por los escándalos de corrupción y acosos sexuales que enfangan al presidente, a su entorno familiar, a su gobierno y a su partido.
Porque es evidente que los extremeños han dado una patada a Sánchez en el culo del candidato títere Gallardo. Un candidato acusado de tráfico de influencias y prevaricación que obligó a dimitir a cinco compañeros para poder ser aforado. Y han votado contra la corrupción, los acosos sexuales, la hipocresía feminista, la amnistía, las cesiones y la humillación ante los independentistas enemigos de España, contra una política fiscal explotadora y abusiva, contra el empobrecimiento general, la precariedad laboral, la recesión encubierta, contra una economía real que nada tiene que ver con las cifras dopadas y maquilladas de la macroeconomía y contra la furia verde que impulsa el cierre ideológico de la central nuclear de Almaraz. Es decir, los extremeños han votado contra todo lo que Sánchez significa y representa, abriendo la incógnita de si, ahora sí, estamos ante fin de Sánchez y el sanchismo.
Catástrofe del sanchismo que ha propiciado la primera victoria electoral del Partido Popular en un territorio que ha sido feudo tradicional del socialismo -en 2023 empataron en escaños aunque el PSOE ganó en votos-, pero que ha quedado por debajo de las expectativas generadas y de la mayoría absoluta deseada. Ni siquiera ha llegado a los 30 escaños, el mínimo de la horquilla que avanzaban las encuestas y que vuelve a dejar a María Guardiola en manos de un Vox fortalecido.
Una vez más el Partido Popular ha demostrado ser especialista en hundir esfuerzos, gestión y expectativas durante la última semana de campaña en la que María Guardiola, bien por confianza o bien por arrogancia, ha pecado de sobreactuación en el asunto de los robos del voto por correo y de soberbia al no asistir al debate electoral televisado, dejando el camino expedito al desconocido candidato de Vox para erigirse como la única voz alternativa a Gallardo, a Sánchez y al sanchismo. El mismo error que cometió Alberto Núñez Feijóo en las generales de 2023 y que le costó el gobierno por los pactos contra natura del sanchismo. Ni aprenden ni se enmiendan. Aun así, la victoria de Guardiola ha sido clara, tiene más votos y escaños que las suma de las dos izquierdas y debe gobernar.
Pero si el Partido Popular ha sido el vencedor real de los comicios, el ganador moral ha sido Vox que pasa de 5 a 11 escaños más que duplicando su representación en el parlamento regional, ha quitado más votos al PSOE que el PP y pasa a ser la segunda fuerza política en Badajoz y otros municipios extremeños, superando al socialismo lo que le hace ser más decisivo que antes en la investidura y el gobierno regional y fortalece su posición electoral y negociadora de cara a las elecciones venideras. La fragmentación del centroderecha hace casi imposible alcanzar las mayorías absolutas, obligando a populares y voxeros a entenderse.
Lejos de utilizar a Vox para asustar con el fantasma de la ultraderecha, Pedro Sánchez ha alimentado al monstruo que ahora amenaza devorarle.
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