Si algo hay que agradecer al presidente norteamericano es la claridad con la que expone sus pretensiones. Lo hace sin el más mínimo escrúpulo.
La justificación para secuestrar al presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa no fue otra que apoderarse del país para apropiarse de sus recursos naturales, bien sea el petróleo como las tierras raras y otros recursos que aquel país pudiera tener. En la justificación de la actuación militar en el país suramericano ni siquiera se amparó en el supuesto exportador de drogas, que tanto había denunciado con anterioridad y que le sirvió para bombardear en aguas internacionales lanchas que supuestamente traficaban con estas sustancias. Es significativa la respuesta que dio Trump al preguntarle sobre quién mandaba en Venezuela. “Yo”, aseguró categórico y amenazó a la nueva vicepresidenta en funciones a graves represalias si no acataba sus órdenes, pero que dejaba los destinos del país en manos de los que lo habían gobernado hasta entonces y eran sus grandes enemigos. Claro que puede haber un sorprendente cambio de camisa de los hasta hace poco eran fervientes chavistas.
Curiosamente, no quiso saber nada de una oposición que ganó las últimas elecciones y encargó el gobierno al equipo de Maduro y demostró estar encantado de haberse conocido al demostrar las capacidades de su ejército. Asesores suyos se vanagloriaban que en este nuevo mundo que pretende imponer con su “Estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos”, aseguraban que ello significaba que tenían el poder militar y el dinero para imponer su pirateo en el mundo. Claro que ello implicaba bendecir las invasiones de Rusia presentes o futuras para rehacer la antigua Unión Soviética y dejar a China campo libre para recuperar Taiwán.
Efectos colaterales de esta actuación está el difícil futuro de la OTAN, demostrar la inoperancia de las Naciones Unidas y dejar la Unión Europea, como mínimo, a su suerte, dejando claro que Europa ha dejado de ser su socio y quizá no tarde en ser su enemigo, que para ello ya tiene aliados en determinados países del viejo continente.
Los siguientes pasos puede ser ir apoderándose del continente americano. Ya apuntado Colombia y Cuba, sin olvidar con su obsesión por las riquezas de Groenlandia, isla que quiere conquistar por lo civil o por lo militar, recordando a los piratas de antaño.
De momento no ha salido, pero de ser noruego estaría muy inquieto que como acto de represalia por no haberle concedido el premio Nobel de la paz también las invadiera.
Lo que no está claro es que con estos precedentes en Estados Unidos se vuelva a votar. Ya se ha saltado todas las leyes internas e internacionales, o sea que nada le impediría seguir haciéndolo para posibilitar un tercer mandato o, si las encuestas le son desfavorables imitar a los venezolanos en el recuento de votos o sencillamente abolir las elecciones para perpetuarse en la Casa Blanca.
Como ironizaba un amigo, “si Colón hubiera sabido como evolucionarían los acontecimientos, igual no los habría descubierto”.
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