El Domingo, día 8, los aragoneses votan su gobierno autonómico. La campaña se ha caracterizado por un fuerte anticatalanismo. Los recientes graves problemas que sufre el tráfico ferroviario en Catalunya y las inversiones anunciadas para paliar unas estructuras tras años de olvido se han convertido en arma de batalla para denunciar una situación de supuesto privilegio. Los agravios comparativos se han extendido a casi todas las formaciones políticas, incluso la Chunta Aragonesista se ha sumado a esta campaña de odio y el actual presidente en funciones, el popular Jorge Azcón, ha visitado Sixena en respaldo al retorno de los frescos que se encuentran en el Museu Nacional de Catalunya. Durante esta visita el aspirante a la reelección aseguró que “en las elecciones de Aragón se vota cómo contener al independentismo catalán”.
El anticatalanismo del gobierno aragonés -con la excepción del gobierno de Santiago Marraco- se ha significado por su anticatalanismo con posturas que si no son consideradas delitos de del odio se le acercan mucho. Hay que recordar el invento que la que fue consejera de Cultura Dolores Serrat (que nació en Ripoll) promovió cambiar el idioma catalán hablado en La Franja en el 2012 denominándolo LAPAO (siglas de “Lengua aragonesa propia del área oriental”). En este campo VOX también le está imponiendo sus tesis al PP (y las encuestas apuntan que ambos partidos se tendrán que entender para gobernar, y esto ya se sabe lo que quiere decir…
¿De dónde viene este anticatalanismo de los aragoneses? Quizás la respuesta la encontremos en la afirmación desaparecido José Antonio Labordeta “Teruel capital Barcelona” o en la canción de cuna de Joan Manuel Serrat “no quiero ser labrador”. Y es que en Catalunya, según el censo del 2019 viven 92.676 nativos aragoneses y en esta comunidad hay ni más ni menos que veintiséis casas regionales aragoneses. Muchos de estos emigrantes no sólo conservan sus raíces, sino que además muchos de ellos contribuyen en sus vacaciones a reconstruir sus casas familiares en los amplios núcleos despoblados de la geografía aragonesa. Esta prosperidad que muchos han conseguido lejos de su tierra provoca algo más que envidias que han contagiado a una parte significativa de la población.
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