El discurso del jefe del Estado Vaticano en el Congreso tuvo la virtud de no defraudar. Recuperó las buenas formas parlamentarias tan olvidadas en los últimos tiempos. Las palabras de León XIV tuvieron la gran virtud de que eran previsibles. No se sacó -como ocurre tantas veces en esta Cámara- a ningún conejo de la chistera sino que se limitó a exponer el programa de la antigua democracia cristiana.
Nadie esperaba que el pontífice se pronunciara a favor del aborto ni de la eutanasia, pero si sí que fue contundente en otros temas como la emigración, el diálogo como forma de resolver los conflictos, respeto a los derechos humanos, la lucha contra la pobreza, su oposición a la carrera armamentística y el temor de que la inteligencia artificial desplace al hombre y la denuncia que con demasiada frecuencia la vida política se reduce a la descalificación permanente.
Su discurso fue premiado con una larga ovación de casi siete minutos. En algunas formaciones unos aplausos se podían interpretar como de cortesía, pero su larga duración hace que uno se pregunte por qué los largos aplausos de Abascal o Feijóo cuando Robert Francis Prevost hizo una educada pero contundente descalificación de muchas de sus políticas. O acaso temían que una acogida más fría del discurso pudiera afectar a su electorado, por lo que era más político sumarse al homenaje y esperar que el mensaje del Pontífice pasara lo más desapercibido posible entre los suyos de los planteamientos de su discurso y sus votantes se quedaran con la parte folklórica de un viajen que no lo fue.
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