Los factores de exclusión social suelen ser siempre los mismos, pero la intensidad y ponderación de cada uno de ellos va cambiando con el tiempo. El factor empleo, la formación, la salud, la vivienda tienen mayor o menor peso según el momento que nos toca vivir.
Nadie podrá negar que la vivienda se ha convertido en nuestros días en un factor de exclusión y pobreza muy importante. El empleo que tenías, en función de formación que habías adquirido, pesaba mucho en tu integración social. Sin embargo, hoy, cuando vivimos la precarización generalizada del empleo y el deterioro de los salarios, no parece pesar tanto.
La brecha digital ha aparecido más recientemente como factor esencial para la inclusión social, sobre todo porque el acceso a empleos y servicios variará en función de tus habilidades digitales. Una ayuda, un empleo, muchas compras, son tan sólo accesibles si no soportas una brecha digital importante.
Muchos usuarios de servicios sociales, demandantes de empleo, o de ayudas se han especializado en trámites burocráticos concretos, otros compran esos servicios a terceros a cambio de dinero, o de favores y algunos renuncian a las ayudas con tal de no enfrentarse al infierno de las pantallas y de los clics.
La pandemia puso de relieve que eso de las clases online comportó serias dificultades para algunas familias pobres. Los docentes y los compañeros hicieron todo lo posible para rellenar esa brecha y, en muchos momentos lo consiguieron, a base de distribuir dispositivos y redoblar esfuerzos, pero no siempre fue posible, entre otras cosas porque el entorno familiar desconoce el mundo digital, a excepción de cuatro servicios básicos.
El fracaso escolar y la brecha digital se encuentran íntimamente relacionados, hasta el punto de que hasta dos tercios de los alumnos que no superan curso, que fracasan en sus estudios, no cuentan con dispositivos, formación digital, o conectividad asegurada en sus viviendas.
Y todo lo que puede empeorar terminará empeorando si no hacemos nada. La brecha digital se configurará como un tajo que separa a los que están dentro de los que están fuera. Hace poco carecían de información, ahora carecen de instrumentos digitales esenciales para acceder a bienes y servicios.
Una brecha que se agranda cuando pierdes oportunidades de empleo, o no reúnes las condiciones de conectividad necesarias para teletrabajar. No tienes trabajo, no tienes ingresos. Entras en el circuito de los sistemas de protección social y sus redes públicas, privadas, semipúblicas, semiprivadas, de cooperación público-privada, del tercer sector. Cuando tu situación se cronifica pasas a ser cliente permanente del Ingreso Mínimo Vital (IMV), o de las rentas mínimas en extinción de las comunidades autónomas.
Es cierto que el acceso a las administraciones de forma telemática facilita algo el acceso de quienes tienen, por ejemplo, dificultades de movilidad, pero también lo es que quienes no disponen de dispositivos digitales, o de formación para utilizarlos, o de accesibilidad a la conectividad necesaria, terminan embarullados e imposibilitados para acceder. Basta ver las diferencias entre plataformas de servicios, su diseño, sus lenguajes de acceso. Así tenemos a un buen número de personas intentando infructuosamente clickar, encontrar la URL, abrir un menú desplegable, insertar archivos adjuntos, o encontrar la dichosa barra de direcciones.
El problema se produce cuando una familia acogotada por la falta de empleo, problemas de alquiler, impago de suministros básicos, se enfrenta a la tgra Mitación de una nueva prestación como el IMV, o a otro tipo de ayudas del Ayuntamiento, la Comunidad, o el Estado. En este caso entre el 30% y el 50% de los solicitantes se ven obligados a abandonar el trámite sin cumplimentarlo.
Hasta aquí los problemas económicos y sociales a los que se enfrentan las personas incapaces de superar la brecha digital. Son personas que no afrontan en las mismas condiciones las relaciones personales, la comunicación con amigos, o familiares que viven lejos. Personas que viven más intensamente la soledad, el aislamiento, la imposibilidad de expresar sus emociones.
Ahí se encuentra una parte mayor, o menor, pero importante, de los trastornos psíquicos, de los problemas de salud mental que atenazan a nuestra sociedad.
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