La implantación de una sociedad tecnológica se está traduciendo en un aumento galopante de las desigualdades sociales porque la brecha digital que se crea y que nadie rellena, destroza las posibilidades de integración social real y efectiva de numerosas personas y colectivos. La más miserable de las ayudas debe ser tramitada digitalmente. El acceso al más precario de los empleos requiere conocimientos y habilidades digitales. Cualquier proceso de formación es imposible sin acceso a plataformas digitales.
Hasta una de cada tres familias permanecen en la exclusión. Son más vulnerables y pierden oportunidades de todo tipo por encontrarse al otro lado de la brecha digital. Las alumnas y alumnos son introducidos en procesos educativos que exigen un manejo constante de herramientas digitales. Los pobres lo tienen más complicado para desarrollar y finalizar sin problemas proceso de formación de este estilo.
La pandemia lo puso de relieve. Ahora, más a la chita callando, la situación se mantiene y hasta se amplifica. Los centros escolares públicos, los docentes, hacen lo que pueden para que la brecha no crezca. Se inventan fórmulas como el préstamo de dispositivos, pero en el ámbito familiar todo ese trabajo queda en nada, si unas familias tienen acceso a internet, aplicaciones, dispositivos y otras familias ni saben, ni pueden, ni quieren.
Por mucho que haya cambiado el mundo, la formación sigue siendo un instrumento esencial para acceder a la igualdad, para combatir la pobreza, para evitar su propagación generación tras generación. El fracaso escolar tiene que ver mucho con esta brecha. Dos tercios de los alumnos que fracasan educativamente tienen algún problema de conectividad, o de acceso a internet, o de disposición de medios y recursos digitales suficientes y necesarios.
Hace años hablábamos mucho del reto de la sociedad de la información. Esa sociedad se ha transformado de golpe en sociedad digital. La brecha digital deja fuera de esta sociedad, en la exclusión social, a una parte importante de la población. La frontera se establece, precisamente en la brecha digital.
Para complicar aún más el problema, la brecha digital no sólo te deja en la exclusión social, sino que te impide el acceso a determinados empleos. Cualquier empleo que exija teletrabajo es incompatible con personas que no tienen buena conexión a internet. Y esto ocurre en un tercio de los hogares españoles.
Pero es que, además, si no tienes ingresos y quieres acceder con agilidad a determinadas ayudas, como las rentas mínimas, o el IMV (Ingreso Mínimo Vital), tienes que tener acceso digital a los formularios y trámites. Es curioso cómo la asistencia personal se ha retrasado, o ha desaparecido, hasta de las llamadas telefónicas.
Te entiendes con plataforma digitales, aplicaciones informáticas, menús desplegables, barras de direcciones y formularios online. Cada uno funciona a su aire. Porque cada administración, o cada empresa privada tiene sus propios lenguajes, sus protocolos y tú eres un cazador prehistórico buscando algo que comer siguiendo pistas a través de enmarañadas selvas.
Muchos procesos de solicitud de ayudas como el IMV, casi la mitad, quedan bloqueados por estas dificultades de los solicitantes. Muchos procesos administrativos, casi un tercio, van por el mismo camino y no llegan a buen fin, porque el usuario desiste de tanta burocracia internauta. Cada nueva medida para fomentar la accesibilidad del usuario a través de internet se traduce en nuevos requisitos que hay que cumplimentar, más desistimientos y más denegaciones.
No sé si tenéis la misma impresión que yo, pero, después de la pandemia, da la impresión de que nuestra salud mental anda peor. Oye, que a lo mejor es una impresión mía, pero me parece que necesitamos más las redes sociales, que tiramos más de las videollamadas y los mensajes grabados. Quien no utiliza estas cosas parece de otro mundo. Y, sin embargo, nos sentimos más solos, más abandonados, más deprimidos. Los psicólogos, que antes estudiaban una carrera poco valorada, son ahora la clave de bóveda que sostiene la sociedad amenazada, doliente y sufridora.
Mucha gente excluida. Pero como ya constataba Marx, más allá del proletariado se encuentra el subproletariado. Más allá de la exclusión se encuentran la pobreza y la vulnerabilidad severas. Y en esa subclase social la sangría y el destrozo son absolutos. Los excluidos de los excluidos. Los excluidos dentro de la exclusión. Una prostituta víctima de trata y sin acceso a datos, se encuentra completamente aislada, deja de ser persona. Es una mujer esclavizada y explotada. Cómo contará su vida, cómo saldrá del atolladero, cómo se reencontrará con su familia, su tierra, su gente.
Nos mienten que somos más libres que nunca. Que con un click podemos obtener cuanta información queramos. Pero es mentira. La tecnología, las plataformas, las redes que manejamos son propiedad de los magnates, de los ricos. Ellos utilizan nuestra información y nos dirigen hacia dónde ellos quieren. Siempre a una caja en la que dejamos nuestro dinero a cambio de cosas inútiles, productos amañados.
Las denominadas TIC, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, no son de todos, ni para todos. Y, además, el salto de la rana, el leapfrogging, el salto tecnológico que permitiría saltarse pasos intermedios para rellenar la brecha digital es pura mentira. Requeriría un acceso generalizado a internet y a dispositivos, junto a procesos de formación. Son más un conjunto de declaraciones y buen rollito que propuestas reales, implementadas con recursos.
Si no vemos capacidad de las administraciones para coordinarse y ponerse de acuerdo, es imposible pedirles que adopten estrategias conjuntas y trabajen juntos. Existen estrategias, iniciativas locales, pero siempre limitadas, sin este trabajo conjunto de las administraciones. Por eso, muchas personas siguen condenadas al fracaso educativo, al desempleo, o al trabajo precario, manual, poco cualificado, temporal, a tiempo parcial. Personas condenadas a la pobreza.
Una clave es preparar al sistema educativo para este reto. Pero otra es adoptar las medidas presupuestarias y las estrategias de políticas compartidas, para asegurar los recursos, los medios, dispositivos, acceso a internet y formación necesarios para que la igualdad sea real y la brecha digital desaparezca.
De nuevo buenos deseos que difícilmente llegarán a buen puerto con el nivel de incompetencia actual de los políticos españoles en el gobierno y en la oposición.
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