Quizás no somos conscientes, pero los poderosos señores de la guerra están cambiando las reglas del juego del mundo. Es más, imponen unas nuevas reglas a su gusto saltándose por el forro las normas que se establecieron tras la segunda guerra mundial para crear un nuevo orden hecho a su gusto.
Se han cargado instituciones como la ONU, las mismas reglas de la guerra han saltado por los aires, los derechos humanos están dejando de existir y, además, imponen una justicia a la carta poniendo y sacando jueces.
Si Platón dijo que “la democracia es el menos malo de los sistemas, pero aun así es un sistema imperfecto” ahora constatamos la imperfección y la debilidad de este sistema. Aún se vota (de momento) pero ya hemos visto como algunos no aceptan los resultados o intentan variar intencionadamente sus distritos electorales.
Donald Trump tiene la habilidad de jugar con todos y muchos les falta tiempo para reír sus gracias. Ora se dedica a cazar emigrantes, ora a variar los aranceles o a propiciar golpes de estado. Con el gran argumento que su país lo necesita pretende conquistar Groenlandia, Canadá y más recientemente declara estadounidense el estrecho de Ormuz. Además, está controlando toda Sudamérica (con excepción de Brasil) y destina no pocos esfuerzos para hundir la Unión Europea e influir en los sistemas electorales de estos países para lograr gobiernos fieles a sus designios.
Sus seguidores parece que le adoran. Son tan fanáticos como lo pueden ser los seguidores de un equipo de fútbol, pero todos aquellos que discrepan de sus actos -incluso los de su propio partido- son criminalizados como “comunistas” o terroristas.
Eso sí, como su ego no le permite derrotas utiliza todos sus muchos recursos para reconvertir sus numerosos reveses proclamando inexistentes victorias (cuantas veces lo ha hecho en una guerra en Oriente Medio).
Eso si ha aprovechado su mandato para aumentar escandalosamente su ya importante fortuna, lo que en cualquier país lo llevaría a los tribunales.
Su gran amigo, Netanyahu, es un fanático imitador de Hitler. Si este promovió el holocausto el primer ministro israelí lo imita con el pueblo palestino. Permite todas las atrocidades, bombardea colegios y hospitales, los colonos tienen carta blanca para matar sin que nadie les pida responsabilidades. Incluso tiene ministros que proponen matar cuarenta palestinos al día. Tiene carta blanca para cometer todas las atrocidades, no le importan las detenciones arbitrarias y las torturas que se aplican en sus repletas calles y hace caso omiso a las reglas del juego. Algunas de sus acciones bélicas han escandalizado al propio presidente de los Estados Unidos, pero él se aferra en su objetivo de destruir al pueblo palestino y acabar con Irán. El número de víctimas por la tozudez de Netanyahu es escandaloso, pero el líder israelita no quiere ni hablar de negociaciones, aunque ello le cause no pocos problemas a su amigo americano que tiene las elecciones de medio mandato.
El otro señor de la guerra, Vladimir Putin, invasor de Crimea y Ucrania, necesita aumentar su ejército con 300.000 soldados más que así podrán aumentar en número de centenares de miles de muertes que ya ja dejado este conflicto. Buscan “voluntarios” por lo civil y lo militar tanto es así que no pocas jovencitas buscan a los futuros soldados para contraer matrimonio… y así cobrar la pensión de viudedad
Estos tres dirigentes han dinamitado las tradicionales reglas del juego para imponer un nuevo orden en el mundo. El resultado final es impredecible, aunque lo que es seguro que nada será como antes. El orwelliano “gran hermano” ya lo auguró en su libro 1984, y quizás ahora los amos de mundo tendrán más fácil imponer un nuevo orden gracias a la inteligencia artificial.
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