Que todo el mundo sepa
Que el sur
El sur también existe
Joan Manuel Serrat
El mundo tecnológico y globalizador, que hemos permitido que otros creen, tiene un efecto demoledor sobre las poblaciones más alejadas del dinero y del poder. La digitalización se convierte en un nuevo factor importante de discriminación a la cabeza de otros muchos factores tradicionales como la educación, la salud, la vivienda, el empleo, o la formación.
La pobreza tiene unas lógicas, unos mecanismos, que hoy tienen mucho que ver con la propiedad y el acceso al uso de las nuevas tecnologías. Por eso la población en situación de pobreza, en los países pobres, o en los que se encuentran en posiciones intermedias de la riqueza, a nivel mundial se encuentra segregada y relegada en función de su exclusión del acceso y apropiación de las nuevas tecnologías.
Personas marginadas del desarrollo económico, del empleo decente, incapaces de ser sujetos económicos para sí mismos. Víctimas del colonialismo primero y de la descolonización más tarde. Alejados de lo que Marx denominaría revoluciones industriales que acarrearon competencia brutal, acumulación desmedida y explotación máxima de los recursos naturales.
Ser trabajador, productor, reconocido como tal, convertido en sujeto de derechos, permite en este mundo la posibilidad de acceder a salario, al consumo, a la formación y a la capitalización de la propia persona. En definitiva, acumular valor añadido, en términos capitalistas.
Las luchas sindicales han conseguido alcanzar esos derechos, pero son muchos los lugares del mundo donde el salto ha sido tan repentino y brutal que los derechos sindicales han permanecido larvados, ocultos, sin desarrollar.
Poblaciones enteras que han desembarcado en la Revolución Digital directamente. El acceso a las TIC es presentado como una posibilidad de mejorar las situaciones en que se encuentran y preparar su desarrollo económico. Pero no necesariamente tiene que ocurrir así, tal como estamos comprobando en otros lugares y ámbitos.
Una mayoría de los habitantes del planeta accede a internet. En el Norte global casi todos. En el Sur muchos menos, pero con un crecimiento acelerado. Las redes de telefonía móvil cubren ya buena parte del planeta y ello hace que la incorporación a internet se produzca masivamente por esta vía. De hecho, la brecha es mayor en el acceso a internet que en el acceso a cobertura móvil.
Es, no obstante, el Norte el que escribe y protagoniza el relato de la digitalización, ostenta su propiedad y dirige su desarrollo. Por eso nos dicen que las brechas digitales serán borradas de un plumazo cuando la tecnología llegue a todos. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y no es el único escenario posible.
Según quiénes protagonicen las políticas en los próximos años bien puede ser que la digitalización produzca diferencias sociales y económicas aún mayores entre el Sur y el Norte, porque el Norte se encuentra en una posición de ventaja muy evidente.
Otros vienen a decir que por la vía del leapfogging, las poblaciones atrasadas del Sur pueden dar un salto tecnológico que permita que encuentren ventajas competitivas que las sitúen en mejores condiciones. En cualquier caso, por un camino o por otro, se trata de reducir al máximo la brecha digital.
Para situar y entender bien el problema los expertos deberían situarse en los sentimientos, las razones, las subjetividades, de las poblaciones de Sur. La cultura del Sur es muy poderosa y contiene elementos que no conviene perder de vista.
Es cierto que los cambios tecnológicos pueden cambiar esa cultura. Los hábitos de consumo, las formas de vida, la producción, las formas de empleo, el funcionamiento del dinero y del capitalismo. No es algo mecánico, ni total. Las formas de vida y los cambios tecnológicos producen interacciones y transformaciones que pueden crear modelos particulares y peculiares.
El Sur existe, por mucho que intenten vendernos su desaparición. No va a desaparecer y, tarde o temprano, tendremos que escuchar su voz y atender sus demandas.
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