Los ánimos se caldean

23/02/2012

Maite Vázquez del Río.

Cuatro años de crisis son muchos, y dos años de recortes -más los que se avecinan- ya nos parecen más que el doble. Y esto no ha hecho nada más que empezar. Cualquier altercado es susceptible de convertirse en una gran movilización porque parece que hasta ahora se ha ido «tragando» y las decisiones políticas en todos los ámbitos de las administraciones han empezado a atragantarse. Los últimos acontecimientos de Valencia parecen haber sacado del letargo a los ciudadanos. Los estudiantes están siendo los primeros en movilizarse… ¿se ha empezado a caldear el ambiente en España?

Van siendo medidas sueltas por uno y otro lado. Desaparecen derechos (paga de maternidad), apenas si llegan recursos para mantener algunos otros, como la dependencia; se recortan o congelan sueldos, se sube el IRPF pese a asegurarnos en campaña electoral que no habría subida de impuestos; se impone una reforma laboral que abarata el despido y para su primer año de vigencia se prevén despidos masivos bajo sus nuevas fórmulas; se cierran ambulatorios de la Seguridad Social; se apagan calefacciones en horarios lectivos en colegios, institutos y universidades; se recortan horarios; se reducen plantillas y se exigen más horas de trabajo a los no afectados; los proveedores no cobran y un gran número de empresas tienen que cerrar; se dejan de pagar recibos de la luz que dejan a un ayuntamiento a oscuras…

La sociedad española parece estar llegando al límite. El movimiento 15-M, al final, no parece haber sabido encauzar su descontento hacia propuestas llenas de sensatez más allá de cambios en la legislación sobre elección de senadores, pero nada con enjundia que sirva para crear expectativas. Los ciudadanos han dejado de creer en la clase política, que en su entramado de intereses partidistas, solo se acuerdan que hay más de cinco millones de parados en sus proclamas y arengas electorales. Mientras los sindicatos anuncian cansinamente movilización tras movilización, de esas que no parece que nos vayan a llevar a ninguna parte, ni tan siquiera a mover una coma de los ajustes.

Nos avisan, nos advierten, nos recortan, nos ajustan y nos llegan vaticinios y previsiones aún peores. España no es Grecia, pero cualquier protesta -por los cortes de calefacción, la falta de tizas o de tinta para impresora como en el IES Luis Vives de Valencia- puede encender la chispa. Para la polícía somos el «enemigo» y se ensañan con cualquiera que pase por la calle, aunque sean estudiantes de 13 años… por si acaso. Y no es demagogia.

Esa chispa ha acelerado la combustión de las movilizaciones. De momento en la enseñanza, pero lo que acaba de pasar en Valencia ocurre en cualquier otra ciudada. Y en los hospitales, ambulatorios… La crisis empezó afectando al sistema financiero por las hipotecas «basura», hizo estallar burbujas inmobiliarias, y se vieron afectados sectores de crecimiento imparable como el del automóvil o la aviación comercial… y ahora las decisiones políticas para atajar aquellos desmanes dan de lleno en la línea de flotación del modelo de Estado de Bienestar, del que de momento solo parece que vayan a quedar las mayúsculas en su enunciado.

Una reforma laboral que opta por el poder omnímodo del empresario y que nos quiere hacer parecer a la sociedad estadounidense, pero con salarios y derechos asiáticos. Parece que Europa ha dejado de construirse con ciudadanos y se ha perdido en los vericuetos del Banco Central, la Comisión Europea, el Parlamento Europeo, el Eurogrupo y el Eurocofin, para sellarlo todo en las Cumbres Europeas dictadas por la canciller alemana Angela Merkel. Reducir el déficit público es más importante que crear empleo y por la prima de riesgo y el salvamente in extremis de las entidades financieras se paga lo que sea necesario. Para las pensiones y el seguro de paro, nos dicen, apenas si queda un poco de calderilla y nos hacen sentir, como nos acaba de decir el presidente de la patronal, que nos gusta vivir del cuento y apuramos el desempleo hasta el último día. ¿No es para caldearse?

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