Vamos acumulando negaciones de todo lo malo que nos está pasando hasta que la realidad aplasta a quienes se resisten a reconocer la evidencia. Le pasó a José Luis Rodríguez Zapatero, que tardó más de medio año en reconocer que en España, como el resto de las economías desarrolladas, había crisis. Ya nos había estallado la burbuja inmobiliaria, pero Zapatero cual Cid Campeador iba presumiendo ante Barak Obama, y todos los «Ges», desde el G-7 hasta el G-20, de lo bien que había funcionado la supervisión en España y que nuestros bancos se habían salvado de la «quema». Eran los tiempos en que Estados Unidos se vivió la quiebra de Lehman Brothers -el pistoletazo de salida de la crisis para el resto del mundo-, y se intervinieron casi un centenar de entidades de todo tipo de tamaño hasta tener que inyectar 800.000 millones de dólares. También Reino Unido tuvo que nacionalizar algunos de sus bancos y hasta Alemania, que ahora parece inmune a todo lo que pasa -se olvida que comparte con todos la moneda única-, también tuvo que dar liquidez a sus bancos. Si España, entonces, hubiera hecho lo mismo no hubiera estado en el ojo del huracán, como lo está ahora. Claro que, entonces, según aseguraba Zapatero, en España no había crisis.
Y llegamos a la segunda gran negación. Esta vez es otro el presidente del Gobierno, que ha heredado todos los lodos. Mariano Rajoy ahora también niega, y a quien mencione «rescate» le declarará en rebeldía. Como buen gallego, sabe de circunloquios y rodeos y antes que reconocer lo evidente, se partirá la cara con cualquiera que diga que el sistema financiero español ha sido rescatado. Pero al menos podría con humildad sacar pecho, para que revistas como Time no titulen el fatídico día en que Bruselas decidió rescatarnos hasta con 100.000 millones, «Tú dices tomate, yo digo rescate». A medida que habla la mofa cada vez es mayor en todos los periódicos internacionales.
Cada vez que ha hablado en público -en rueda de prensa multitudinaria el domingo, antes de ir a ver el Italia-España- o este martes en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, por más se que le ha pedido: Rosa Díez, preocupada, hasta le ha pedido «por favor, diga la palabra rescate; a ver cómo la pronuncia», pensando que no existía en su vocabulario y ante su resistencia gala (celta) a decirla, para no utilizar la palabrita de marras, ha echado mano de todo tipo de sinónimos, desde crédito, crédito blando, ayuda europea, dinero prestado… pero, mire usted, rescate no.
Y en este ejercicio político que se ha puesto en España, que nos está convirtiendo en el «hazmerreír» de todos, no podemos obviar tampoco los esfuerzos que desde La Moncloa (también Soraya Sáenz de Santamaría) y el Ministerio de Economía están haciendo para negar que el «rescate» -que lo es-, vaya a afectar a nuestro déficit público y a la deuda. Otras negaciones con las que la Comisión Europea ya no ha podido, y José Manuel Durao Barroso se ha apresurado a aclarar porque afectará al volumen de nuestra deuda, digan Rajoy y Luis de Guindos lo que digan. La ceremonia de la confusión no ayuda a ganar confianza. Y Rajoy y su equipo podrán pensar que los españoles no nos enteremos y les creemos a pie juntillas. Se olvidan que también le escuchan en el resto del mundo.
Las negaciones siguen en todo lo que se decide en el Consejo de Ministros. Las medidas recortan el Estado de Bienestar, mientras intentan distraernos con despilfarros de gobiernos autonómicos, líderes locales y caciques de turno. La Justicia dará cuenta de ellos, si es que se puede demostrar, pero lo cierto es que las listas de espera en hospitales aumentan por falta de personal, en educación se recortan hasta los pupitres, al juntarlos en una sola clase; reducen la indemnización por despido, alargan la vida laboral y estamos en una recesión de la que nadie sabe cómo sacarnos. Y aunque nos digan que no nos van a subir los impuestos, nos los están subiendo.
Pero mire usted. Ni en su día hubo crisis, ni ahora nos han rescatado.
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