Que no nos prometan nada

26/06/2012

diarioabierto.es.

Cada vez que escucho una promesa de cualquier político –y más si se trata con responsabilidades de Gobierno- me echo a temblar. Porque resulta que la experiencia dice que sucederá exactamente lo contrario.

No habría copago ( ya se está imponiendo). No se tocaría el IVA (se está estudiando en que tramos). No pediríamos rescate (¿?). No habrá más ajustes (Rajoy habla ya de nuevas medidas dolorosas)… Y podríamos seguir ad infinitum. Me pregunto si no sería mejor el silencio que la vana promesa.

Tampoco al ciudadano de a pie le preocupa demasiado la ruptura de promesas, la falta de palabra, la villanía del engaño. El ciudadano, al final, cree que los políticos mienten y considera la falta de palabra, el engaño o la mentira como algo inherente a la condición de sus hombres públicos.

No es bueno para la democracia, para la vida del país, esta sensación y aceptación de la mentira. Porque genera falta de confianza en las instituciones a las que, por otra parte, se consideran instrumentos exclusivamente políticos sin imbricación en la ciudadanía. No creemos en los políticos ni en las instituciones y aceptamos que así son las cosas y no tienen remedio.

Ello provoca la atonía de los españoles, nuestra incapacidad para asumir que somos piezas fundamentales en una democracia que, aunque vigilada, tiene también sus virtudes. O debería tenerlas.

Cuando escribo estas líneas, los medios vuelven a sacar a relucir a los asesinos de las agencias de calificación. Con rescate o sin rescate, estas instituciones absolutamente privadas,  con fuertes intereses en mercados que ellos mismos califican, arrebatan famas, asaltan lechos y arrastran por los suelos la reputación de países e instituciones sin que les tiemble el pulso.

No es moco de pavo que estas agencias hayan logrado que los mercados bailen al son de sus calificaciones, sin tener en cuenta que esas mismas predicciones se mostraron absolutamente falsas e interesadas en situaciones parecidas. Son las mismas agencias que recomendaron los bonos basura hipotecarios o defendieron la solvencia de entidades financieras que se fueron al garete, demostrando que o no tenían ni puñetera idea de lo que decían o –lo que es más probable- calificaban en base a intereses económicos propios, especulativos y sin rigor.

Vuelven los asesinos de las agencias. Y nadie les recuerda que ellos han hecho posible un mercado de falsedades y mentiras. Y nadie les ha pedido responsabilidades por sus errores. Todo lo contrario: se les sigue riendo la gracia y considerando sus calificaciones palabra de Dios.

Vamos, de nuevo, a Quevedo que ya lo dijo hace tantos años. Sólo dos letrillas:

¿Quién hace al tuerto galán
y prudente al sin consejo?

¿Quién al avariento viejo

le sirve de Río Jordán?

¿Quién hace de piedras pan,

sin ser el Dios verdadero?:

el dinero.

¿Quién la Montaña derriba
al Valle, la Hermosa al feo?

¿Quién podrá cuanto el deseo,

aunque imposible, conciba?

¿Y quién lo de abajo arriba

vuelve en el mundo ligero?:

el dinero.

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