Sudáfrica o el sueño roto

17/08/2012

Daniel Serrano.

La sonrisa de Mandela contiene la épica de una era de sueños que, con el tiempo, han ido quebrándose. Si atendemos al discurso oficial, Sudáfrica es un cuento con final feliz, una Arcadia interracial que en 2010 se presentó al mundo con Shakira bailando el waka waka en un escenario donde los taparrabos zulúes encajaban a la perfección junto a los relucientes rascacielos. Si miramos en detalle, Sudáfrica es un campo de batalla devastado por la violencia, el SIDA y la corrupción. Roger Smith nos lo cuenta en Diablos de polvo, un policiaco trepidante y certero en su calidad de radiografía de la desoladora realidad sudafricana.

Resulta complicado, en medio de la ingente cantidad de títulos policiacos que se editan hoy día, distinguir las novelas estimables de la narrativa rutinaria que se multiplica en los estantes de las librerías. Diablos de paja, créanme, merece la pena. Un thriller sin tregua, un retrato coral de la Sudáfrica actual, un western crepuscular con personajes que anhelan la redención. Bellísima, impactante. Me ha recordado, en cierto modo, a El poder del perro y eso, amigos, son palabras mayores.

Naturalmente, la novela se inicia con un crimen: el de un cacique de la nueva clase política sudafricana enfrentado a una facción del gobierno. A partir de ahí se desatará una peripecia en la cual se implican un veterano militante blanco contra el apartheid, su padre (viejo perro de la guerra, anticomunista visceral curtido en Angola y otros frentes africanos de la Guerra Fría), un despiadado guerrero zulú y frente a él, su reverso, el hombre que huyó de sus orígenes guerreros para convertirse en chupatintas de despacho en Johannesburgo.

No entiendo por qué en la portada se ha subtitulado Una novela de Ciudad del Cabo cuando esta novela es, fundamentalmente, una novela de Zululandia, la otra Sudáfrica. En la versión española de Arde Mississipi bromea Gene Hackman: “¿Sabes cuánto hay que atrasar el reloj cuando entras en el estado de Mississipi? ¡Un siglo!”. Con Zululandia, según nos descubre, Roger Smith, valdría el chiste. Un territorio sin ley donde rige la violencia más extrema y la desesperanza se oculta a los turistas.

Pero, sobre todo, lo que desvela Diablos de polvo es cómo se han desvanecido los hermosos sueños de la lucha contra el apartheid. Gran parte de los personajes batallaron contra la dictadura racista y ahora contemplan un país sumido en la corrupción y la violencia. Quisimos que Mandela fuese protagonista de una fábula e, incluso, le convertimos en una suerte de monigote de Disney que ornaba toda ceremonia. Después vinieron Mbeki y Zuma y la tropa de caciques populistas y la asquerosa realidad. Y la policía dispara contra los mineros como si hubiéramos vuelto al Soweto de los 70.

Diablos de polvo cuenta con personajes inolvidables y uno de ellos dice: “Yo metí enla trena el negro culo de Nelson Mandela. Tienes delante de ti el motivo de que fuera a la cárcel. Cambié el curso de la Historia”. Toda una galería de tipos duros que, como suele suceder, esconden en el fondo de su ennegrecida alma una vulnerabilidad secreta. Como en la gran novela negra, todo es triste, solitario y final pero también (también) hay un ingrediente añadido:  secuencias de acción tan espectaculares como la del mejor cine de palomitas.

Así que nos hallamos ante todo un descubrimiento: Roger Smith. Sólo un pero. Hay un par de distracciones en la traducción que casi me hacen sangrar los ojos: la utilización en varias ocasiones de la expresión “más mayor”, condenada (justamente) por la RAE (mayor o menor, con eso basta) y en la página 180 lo que, supongo, es una originalísima traducción de think tank: “tanque de pensamiento político”.

Nada, tonterías. Sobre todo, en comparación con lo que hemos de agradecer a la editorial Es Pop que nos haya ofrecido el placer de disfrutar esta magistral novela.

Sudáfrica o los sueños rotos. Heroica tierra cruel la tituló John Carlin. Sigue siendo una buena definición.

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