Desmemorias de Bono

25/09/2012

diarioabierto.es.

Saca José Bono Memorias: Les voy a contar. Por lo adelantado en algunos medios y en contra de lo que él sostiene, parece que sus recuerdos tienen mucho de ajuste de cuentas. Normal. Nadie cuenta su vida para decir que ha sido un miserable (no es el caso de Bono), sino para dejar constancia de lo mucho que ha hecho en esta vida y lo estupendo y sacrificado de su discurrir vital. Bono deja claro que ha sido un tío valiente y estupendo.

En los avances que se conocen, me ha sorprendido, por ejemplo, que hable como descubrimiento de lo que Miguel Ángel Mellado le contó sobre el periodista Carlos Luis Álvarez Cándido, al que me unió un amistad basada en el respeto que sentí siempre por su persona. Lo conocí cuando yo empezaba en esto del periodismo y siempre me dio atinados y prudentes consejos, con una generosidad y cariño que nunca olvidaré.

Lo que cuenta Bono en sus memorias parece que se refiere a que el periodista fue negro de Fray Justo Pérez de Urbel, abad que fue del Valle de los Caídos. A Cándido le encargaron un martirologio de la Cruzada, que luego firmaría el Abad. Contaba Cándido que llegó un momento en que se le agotaron las historias y, ni corto ni perezoso, se dedicó a inventar asesinatos y barbaridades perpetrados por los rojos que fueron publicados como si se tratara de martirios reales.

Estas historias las publicó Cándido por primera vez en un libro Un periodista en la dictadura, publicado hace la friolera de unos 40 años. No es que tenga importancia, pero es bueno restituir la verdad, más que nada porque no está muy bien descubrir América a cada momento.  Dicho sea de pasada, lo mismo ocurrió con el canal Historia y la ausencia de huevos del león de las Cortes que fue publicado por el diario gratuito Qué hace unos siete años y que hace unas semanas se presentó como crucial descubrimiento. No tiene importancia.

No sé si en sus Memorias, José Bono contará algo que me contó un diputado del PSOE que le acompañó en alguna campaña electoral en Castilla-La Mancha. Y tal como me lo contó, lo cuento porque es, me parece, una anécdota graciosa y que dice mucho de la capacidad innegable del político para su acercamiento a la gente.  Narraba este diputado que, cuando Bono llegaba a un pueblo, solía preguntar por algún viejo militante socialista para saludarle en público. En una ocasión, le dijeron que el militante más famoso y respetado (y al que Bono no conocía, me puntualizó el diputado) había muerto recientemente. “Lástima”, dijo Bono. “¿Y su mujer?”. “Su mujer, sí, pero está muy mayor”, le contestaron. “Traedla a primera fila y decidme quién es”,  señaló el expresidente.

Así lo hicieron. Le señalaron a  la anciana y Bono, muy suelto de cuerpo, se dirigió a ella delante de todo el mundo, con grandes voces, la abrazó y le dijo: “Ay que disgusto, Tía María (los nombres son supuestos) que me he enterado de que ha muerto el Tío Francisco, con lo que yo le quería. Qué gran hombre…”. La pobre vieja lloraba desconsolada y Bono, abrazado a ella, no dejaba de consolarla.

Seguramente pecados veniales, sin importancia. Más o menos del mismo calado de lo que él cuenta, según lo prepublicado, de sus compañeros de partido.

En fin. Posiblemente, como todo, las memorias de Bono sean para leer al amor de la lumbre. Y en ese caso, son historias que basta con estar bien contadas. Así que, vayamos a la poesía al amor de la lumbre como escribió Don Miguel de Unamuno:

Dulcissime vanus Homems

Al amor de la lumbre cuya llama
como una cresta de la mar ondea.
Se oye fuera la lluvia que gotea
sobre los chopos. Previsora el ama

supo ordenar se me temple la cama
con sahumerio. En tanto la Odisea
montes y valles de mi pecho orea
de sus ficciones con la rica trama

preparándome el sueño. Del castaño
que más de cien generaciones de hoja
criara y vio morir, cabe el escaño

abrasándose el tronco con su roja
brasa me reconforta. ¡Dulce engaño
la ballesta de mi inquietud afloja!

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