Sus señorías

03/10/2012

diarioabierto.es.

Durante varios años hice la crónica parlamentaria en la Asamblea de Madrid. Durante varios años comí –muy bien por cierto- en los comedores que la Asamblea tiene para diputados, invitados y periodistas. Tiempos aquellos en que cualquier cosa como ésta e, incluso, otros excesos, parecía normal y no llamaba la atención. Creo que el menú rondaba los 3 euros, más o menos. Ahora se pagan 3,55 euros.

Se cuestiona ahora si es lógico que los diputados -y periodistas- tengan esas regalías, cuando el país se mueve en una marejada de crisis y hasta pobreza. Cuando los niños deben de llevar su tartera al colegio y pagar, por llevarla, más que el señor diputado paga por sus almuerzos.

Y no es lógico. No parece que en unos momentos en los que el país entero se aprieta el cinturón, las arcas del Estado subvencionen la comida de sus señorías. A lo mejor es el chocolate del loro. Pero no es lógico.

Sin embargo, me parece que el árbol del almuerzo tape el bosque de los privilegios de los diputados. No es el del almuerzo la única gabela de la que gozan los parlamentarios. Recuerdo el revuelo que se organizó en esa Asamblea cuando los diputados aprobaron que percibirían la máxima pensión por el simple hecho de haber estado un mínimo de dos legislaturas. Al común de los mortales se les exigía 35 años de cotización y se les calculaba según las cotizaciones de los últimos 15 años.

Argumentaban los diputados madrileños que ese era el trato que tenían los diputados nacionales. Y querían lo mismo. Los periodistas les decíamos que nosotros éramos trabajadores y se nos exigían condiciones muy distintas. Recuerdo como un diputado de IU me acorraló en los pasillos recriminándome que con mis artículos pusiera en peligro su pensión. Sólo hubo una diputada del PSOE, cuyo nombre no daré por respeto hacia ella, que rechazó ese trato y se acogió a lo que le correspondía  por su vida laboral.

Pero los diputados se quedaban cortos. Los privilegios de los diputados son una demostración más de cómo una clase política es capaz de legislar restrictivamente para sus votantes y hacer excepciones con otra ley que ellos mismos aprueban. Y es una de lasa razones de la nula acepción que tiene la clase política entre el pueblo que representan.

El sueldo de los diputados no es muy alto, relativamente. Unos 3.000 euros mensuales. Pero a ello han de sumarse, los gastos de taxi (unos 3.000 euros al año), una cantidad para ayuda de manutención y alojamiento (1.283 euros mensuales para los que no viven en Madrid y más de 800 para los residentes). Por cierto, muchos, viviendo en Madrid, cobran el complemento de alojamiento.

Vía libre en billetes de avión, ferrocarril y similares. El parlamento les sufraga un plan de pensiones añadido a la máxima pensión que les queda por dos legislaturas. Un complemento para gastos de representación que ronda los mil euros. Eso, si hablamos de los diputados de a pie. Los que ostentan algún cargo, presidentes de mesa, portavoces… etcétera, tienen otras prebendas económicas.

Y más a más: teléfonos de última generación, portátiles… conferencias, actividades extraparlamentarias… En fin.

En plena crisis nada ha cambiado. Sus señorías se acogen a la dignidad parlamentaria. Como si la dignidad estuviera reñida con la austeridad y la discreción. Para ellos no hay paro y muchos de sus emolumentos están libres de cotización.

Resulta difícil en estas condiciones que el pueblo llano tenga el más mínimo respeto por sus señorías. Me parece a mí, vaya.

En fin. Refugiémonos en la poesía. De José Hierro, un fragmento bellísimo que deberían leer nuestros políticos:

Cae el sol

Perdóname. No volverá a ocurrir.
Ahora quisiera
meditar, recogerme, olvidar: ser
hoja de olvido y soledad.
Hubiera sido necesario el viento
que esparce las escamas del otoño
con rumor y color.
Hubiera sido necesario el viento.

Hablo con humildad,
con la desilusión, la gratitud
de quien vivió de la limosna de la vida.
Con la tristeza de quien busca
una pobre verdad en que apoyarse y descansar.
La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor-,
don gratuito, porque nada merecí.

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