La campaña gallega y vasca ha pasado desapercibida en la opinión pública catalana, sólo los partidos a nivel interno miran de reojo la influencia que el resultado pueda tener en Catalunya, dando por descontado que los nacionalistas recuperan el poder en el País Vasco y queda la pequeña incógnita de si el PP pierde la mayoría absoluta en Galicia. Si ello sucediera beneficiaría a los partidos nacionalistas y no está claro que al revés potenciara los votos populares.
En Catalunya el debate va por otro lado y estas elecciones se plantean a cara o cruz, en dos bloques claros: el que agrupa a las fuerzas secesionistas (CiU, ERC, IC, SI y CUP) y los que defienden la integridad española (PSOE y PP) mal que les pese a los socialistas ir en el mismo carro que los populares.
Si hasta ahora la radical postura de Artur Mas la vestía con un discurso aparentemente sensato y con constantes ofertas de diálogo para pactar una ruptura negociada exponiendo con tranquilidad y serenidad sus razonamientos, esta actitud se ha visto truncada por las declaraciones del conseller del Interior, Felip Puig, reclamando a los Mossos d’Esquadra que en caso de confrontación defendiesen la postura de la Generalitat. Este exabrupto fue inmediatamente replicado por los representantes del sindicato mayoritario de la policía catalana (que dicho sea de paso, difícilmente habla en catalán) quienes señalaron que ellos “están al servicio de la ley”. Tras rechazar que les reclamen que se posicionen políticamente, añaden irónicamente que “cuando usted vaya a parar los tanques (porque entendemos que se pondrá al frente), mire atrás porque quizás estará solo y no le acompañarán los Mossos”.
Sin embargo muchos nacionalistas interpretan que Puig se ha contagiado de la colección de declaraciones de dirigentes del PP y del PSOE negando el derecho de los catalanes a decidir su futuro y obligándoles a “ser españoles a la fuerza”. Estos excesos verbales y las amenazas procedentes del otro lado del Ebro sólo han propiciado radicalizar las posiciones. Paralelamente los partidos nacionalistas contradicen las palabras de Rajoy (cuya credibilidad está bajo mínimos) aportando datos sobre la viabilidad de una Catalunya independiente, datos convenientemente difundidos por los medios de comunicación de la Generalitat.
En cualquier caso estas elecciones con carácter plebiscitario tienen dos grandes protagonistas: Artur Mas y la popular Alícia Sánchez Camacho. Sus discursos son claros y es sensato pensar que serán los dos grandes protagonistas de la campaña, dejando por sentado que ambos –junto con el resto de las formaciones políticas que concurren a los comicios- dan por sentado que el actual sistema de financiación de la Generalitat es lesivo y se ha de reformar.
En este contexto el resto de fuerzas quedan como comparsas, aunque sus votos y diputados que logren serán decisivos para definir el resultado de este referéndum enmascarado. Y en medio un PSC que se encuentra sin discurso y las propuestas que envía a la sociedad (sobre el estado federal) son rechazadas por el PSOE. También en Ferraz no se admite que los catalanes voten sobre su futuro, aunque el primer secretario del PSC, Pere Navarro, defiende el derecho a la consulta siempre que sea en un marco legal. Las encuestas le auguran un pésimo resultado, incluso lo colocan en quinto lugar detrás de ERC e IC, sin embargo el número de indecisos es muy elevado y no es difícil que al final, aunque sea con la nariz tapada, tengan el respaldo suficiente para mantenerse como segunda fuerza, aunque con una importante merma. Además las aguas en el partido andan revueltas y los dirigentes del sector catalanista discrepan abiertamente de las tesis de Navarro. El PSC afronta estas elecciones con un programa clásico reivindicando beneficios sociales y acusando –coincidiendo con las tesis del PP- de olvidarse de los drásticos recortes que la Generalitat ha decretado en sus dos años de gobierno. Pese a que este discurso apenas tiene audiencia, un significativo grupo de intelectuales catalanes le ha dado oxígeno firmando un manifiesto de apoyo.
CiU confía que al ponerse al frente de las reivindicaciones independentistas tenga el premio en las urnas y logre la mayoría absoluta, y no le pase factura las medidas económicas. Por ello se esfuerza a hacer llegar al electorado una hoja de ruta tranquila y publicita profusamente las explicaciones que da a los representantes de los gobiernos extranjeros sobre las razones de su postura. Además ha conseguido que buena parte del empresariado, inquieto por la aventura que lidera Artur Mas, sean posibilistas y adopten la postura de “esperar y ver”. Las palabras del editor José Manuel Lara y del presidente del Círculo de Economía Josep Piqué no han sido secundadas por los factótums de la economía catalana, que reclaman que el actual conflicto se resuelva con el diálogo.
El PP, por su parte, avisa del peligro del choque de trenes y hace un discurso catastrofista caso de que las tesis secesionistas se vean respaldadas en las urnas. Ello puede aglutinar no sólo a su electorado si no a una parte de antiguos votantes del PSC, por lo que Alícia Sánchez Camacho puede capitalizar el ser la abanderada de “una Catalunya española”, aunque también puede tener una fuga de votos hacia Ciudadanos que le recrimina (al igual que hace el PSC con CiU) su apoyo parlamentario a Artur Mas. Asimismo puede verse afectado por los recortes a las políticas sociales de Mariano Rajoy.
Este marco político ha propiciado que muchos catalanes se pronuncien y debatan sobre el proceso secesionista (a favor o en contra) y quede en segundo plano la actual crisis económica. En cualquier caso en este proceso ha quedado claro que una parte presumiblemente significativa de catalanes se sienten incómodos con su pertenencia a España. El porcentaje lo darán las urnas en este referéndum disfrazado de elecciones autonómicas.
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