Como en la canción que lanzó al estrellato a Julio Iglesias, la vida sigue igual. Tenemos al mismo presidente, que ganó de forma algo más holgada de lo previsto, y contamos con el mismo Congreso dividido: el Senado en manos de los demócratas y la Cámara de Representantes en manos de los republicanos.
Así lo ha querido la soberanía popular, pero es el resultado que menos gustaba a priori a Wall Street, ya que deja las cosas como estaban. Quizá con algo más de poder en manos de la Casa Blanca y con unos republicanos que van a tener que ocuparse de encontrar soluciones a sus errores, pero a la hora de la verdad, en lo que realmente importa, la vida sigue igual.
Y lo que realmente importa es el «Fiscal Cliff». Si el Congreso y la Casa Blanca no llegan a un acuerdo que permita ampliar el techo de deuda o dar otra solución al problema del desajuste presupuestario, se activarán de forma automática una serie de recortes sociales y subidas de impuestos para cuadrar las cuentas a martillazos.
Evidentemente, ni los unos ni los otros desean que se abra el melón de semejante forma, pero con el horizonte electoral por delante han hecho muy poco hasta ahora por llegar a acuerdo alguno. Afortunadamente, tienen casi dos meses para lograr el acuerdo y ambos quieren conseguirlo. Los demócratas porque no quieren oír hablar de recortes en la parcela social y los republicanos porque no quieren pensar siquiera en subidas de impuestos.
Desde la mayoría republicana del congreso se han apresurado a tender la mano a los demócratas. Y no lo ha hecho cualquiera, sino el speaker de la Cámara, John Boehner, seguramente el «republicano fuerte» en estos momentos ya que él ha vuelto a ganar sus particulares elecciones. Pues bien, Boehner ha dicho, literalmente, que «en las condiciones adecuadas» los republicanos están dispuestos a determinadas subidas de impuestos para garantizar que los ingresos del Estado se mantienen en el nivel adecuado.
Es un primer paso, pero el mercado desconfía, y mucho, porque en casi todos los aspectos la vida sigue igual. También desde Europa llegan las habituales malas noticias que cada vez tienen más cercada a Alemania como ese islote que se resiste al hundimiento generalizado. No es nueva la preocupación por Europa al otro lado del Atlántico. De hecho, recuerdo a Obama llamando «irresponsables» a los dirigentes europeos en una de sus escasas salidas de tono a lo largo de sus primeros cuatro años de mandato. Pero ahora suponen que nadie ha hecho caso de las advertencias y que el Viejo Continente va directamente al precipicio mientras Ángela Merkel, emulando a Nerón, toca la lira cantando y cantando al ajuste y al recorte.
Y si se han dado todos estos condicionantes al mismo tiempo, entra dentro de la lógica que el mercado retroceda. Quizá lo que no entra tanto dentro de la lógica es que haya caído de la forma que lo ha hecho. Wall Street ha saludado al presidente con su peor sesión de 2012, dejando claro que hay una preocupación enorme y pidiendo al respetable que «se ponga las pilas de una vez».
La gran ventaja es que en Estados Unidos se suele escuchar la «silenciosa voz» de Wall Street, muy al contrario de lo que sucede en Europa, dónde las Bolsas representan para los políticos y el común de los mortales «la voz de los malvados especuladores, de quienes ganan dinero a costa nuestra».
No seré yo quien trate de «educar» al respetable y de convencerlo de que no es así, que bastante tengo con las caras que me pone más de uno cuando me atrevo a decir de qué vivo, pero no estaría de más que comprendieran que el mercado no es lo caprichoso que nos quieren hacer ver, que no exige nada sino que mide todo y, sobre todo, que en Estados Unidos se ha salido de la crisis y aquí no y que por algo será, además de por los lamentables políticos que nos han tocado en suerte.
En fin, que la sesión ha sido un desastre y sin paliativos. Todo un aviso a quienes tienen ante sí la responsabilidad de llegar a acuerdos que permitan que la maquinaria siga engrasada.
Al cierre, el Dow Jones perdió un 2,36%, el S&P 500 un 2,37% y el Nasdaq Composite el 2,48%. Un severo correctivo para avisar a los navegantes de que la vida sigue igual.
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