Todos gritan y nadie escucha. La campaña catalana se ha convertido en unos argumentos extremistas en los que no se despunta ninguna posibilidad de diálogo no sólo ahora, sino incluso después. El cartel electoral de CiU, con un Artur Mas mesiánico en el papel del Moisés de los “Diez Mandamientos” conduciendo a su pueblo hasta la tierra prometida sólo ha levantado pequeñas críticas, mucho menores que las que ha despertado el vídeo de los populares simulando que en una Catalunya independiente los García o los Pérez tendrían que cambiarse de apellido.
CiU obtendrá o no mayoría absoluta pero lo que sí parece claro es que el número de diputados que abogan por la consulta popular estará cercana al centenar en una cámara de 135 miembros. Ante este panorama la frase de Mariano Rajoy de que el camino emprendido por Artur Mas “es una aventura condenada al fracaso” y su negativa a reconocer que “existe una desafección entre catalanes y españoles” solo refleja un acto voluntario de no reconocer la realidad. Así se lo dijo el cabeza de cartel del PSC, Pere Navarro, poco sospechoso de mantener tesis secesionistas, al asegurar que “por sus posturas extremas el independentismo es hoy más fuerte que nunca” y reclamarle que “si le queda algo de vergüenza, debe pedir perdón a los catalanes por recoger firmas contra el Estatut, debe pedir perdón por tensar el ambiente a todos los que no queremos la independencia, por ser la mayor fábrica de independentista de España”.
Los oídos sordos que tanto el PSOE como el PP han hecho a las reivindicaciones catalanas, el no interpretar la indignación que llevó a la calle a centenares de miles de catalanes por la politizada sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, el negar sistemáticamente un sistema fiscal peculiar para Catalunya ante una situación que hasta los populares califican de injusta ha propiciado una desafección de una buena parte de la sociedad catalana y ha obligado al presidente de la Generalitat a ponerse por delante de la sociedad. No le quedaba otra salida como ahora difícilmente puede volverse atrás. Él lo promete en todos los actos de su partido, pero posiblemente no tenga otro remedio.
El PP ha enfocado su campaña en tonos alarmistas y apelando al voto del miedo, ello puede ser útil para amarrar a sus votantes para que olviden los recortes que han hecho al estado de bienestar y la política que han llevado desde su gobierno que ha propiciado que el 25% de los trabajadores estén en el paro, pero también disputan los votos con Ciudadanos, un partido españolista al que todo el mundo augura un fuerte ascenso, pero al mismo tiempo contribuye al rechazo de un amplio sector de la sociedad y a atraer votos hacia los partidos independentistas, por ello estos sectores esperan que vayan aterrizando ministros dado que consideran que ello sólo sirve para movilizar a los indecisos hacia sus propuestas.
Quizás los populares no se den cuenta que desde el principio han manejado de una manera errática este problema y que con mano dura y política de amenazas de catástrofes no han hecho nada más que radicalizar el conflicto, hasta el punto que en algunos sectores empiezan a reconocer que la consulta será difícil de frenar y la expulsión de Catalunya de Europa sería un tema muy discutible que sólo lo afrontarían en Bruselas después de consumarse la escisión. En cambio nadie parece temer por las perspectivas económicas en una hipotética independencia, antes al contrario hay una opinión cada vez más generalizada que las cosas irían mejor.
Ante este debate los temas típicos de las campañas electorales apenas si tienen protagonismo. Sólo ha cobrado una cierta fuerza como segundo argumento de campaña el problema de los desahucios y las promeses de reformar la legislación. Pero una vez más, han tenido que pasar desgracias irreparables para que pongan hilo a la aguja. Las presiones de la sociedad no había servido para nada.
Y es que esta campaña es atípica.
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