Y estaba allí, sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Sentí esa punzada en el pecho como cada tarde, cuando la veía pidiendo limosna bajo la lluvia o el sol, de un Noviembre que llegaba a su fin.
Siempre estaba allí, pertenecía ya a las aceras de la ciudad.
Así que ése día quise que todo fuese diferente. Me acerqué a ella, me agaché y busqué sus ojos con mi mirada. Escondía su rostro del frío bajo una bufanda deshilachada. Casi susurrante le dije, mientras señalaba con un dedo una cafetería cercana, que me acompañara allí. Me miró como quien mira a alguien que sabe que le quiere hacer daño. Sin embargo yo no quería hacerle daño, solo quería cambiar su fría tarde, hacerlo todo diferente.
A ella no le debió de gustar la idea. Negó con la cabeza. Le insistí, le dije que pasaría un rato en compañía, sin frío y con un chocolate caliente y dulces en las manos. Me volvió a mirar de aquella manera y volvió a negar con la cabeza. Yo miré hacía otro lado y le señalé un supermercado. Le invité a venir conmigo y pagarle la compra, para que ya pudiese dejar de pedir en las aceras, al menos esta noche, y acudir a su casa con bolsas llenas de comida.
También negó con la cabeza. Yo no sabía de qué manera seguir insistiendo. No entendía ese momento, lo que estaba ocurriendo y su negativa.
Cuando me incorporé para marcharme, cuando dí unos cuantos pasos hacía el frente, me llamó, me dijo: “eh, eh”. Y yo me dí la vuelta con los ojos bien abiertos. Me acerqué a ella que tenía la misma postura y mientras apartaba su bufanda del rostro me dijo: “quiero dinero, ¿tienes dinero?”. Me salió un “no” rotundo y extraño. Me sentía mal, porque no quiso aceptar mi ayuda económica y mi compañía, pero quería dinero, mi dinero y que me fuese por donde había venido.
Me volvió a preguntar: ¿no tienes dinero? Dame dinero. Le volví a decir que no, y me marché. Su última mirada me hizo sentir muy triste y muy sola. Caminé por la ciudad un rato más. El frío me hacía tener las ideas más claras. Y en una esquina próxima me detuve, y supe que ese día yo también fui una mendiga como ella. Que mendigué compañía y que me fue negada, como se le niega a muchas personas que piden a pie de calle la limosna.
Así que volví sobre mis pasos y busqué varias monedas y mirándola a los ojos deposité en la vasija que había cerca de sus pies, las monedas.
Ella pedía limosna y no cariño de nadie, y yo necesitaba ése día cariño y no limosna así que dejé allí lo que yo no buscaba para que tal vez me llegase lo que necesitaba.
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