Con tanta tropelía a cuenta del BOE uno acaba por conformarse con poco. No pide ya que se persiga hasta la extenuación a los forajidos fiscales sino que, al menos, se ponga la mitad de empeño en controlar los ingresos del que se pone en recortar los gastos. Debe ser mucho pedir porque esa amnistía fiscal ha sido un fracaso por partida doble. Primero lo fue recurrir a ella para suplicar a los mangantes que, por lo menos, nos devuelvan el 10% de lo que hurtan a la ciudadanía. Luego lo fue contar la calderilla obtenida para comprobar que de los 2.500 millones dichos, los 1.191 hechos. Y digo calderilla porque, aunque los cálculos son difusos, un estudio de Tax Justice Network, que en inglés impresiona aún más, estima que la sangría del dinero negro se eleva a unos 81.000 millones de euros.
Con todo y con eso al ministro Montoro le faltó comparecer con unos confeti sobre los hombros y un matasuegras para celebrar lo que él considera un enorme éxito. No hay que olvidar que esta algarabía proviene de un partido que tenía a Zapatero por un irresponsable optimista. Tan impactante ha sido la cosecha tributaria que, por si acaso, el destino ha echado una mano con la detención del ex patrón de patronos, que se decía antaño, don Gerardo Díaz Ferrán. Que no digo, faltaría más, que el naufragio de la ‘regularización’ haya tenido nada que ver con que justo ahora se hayan aireado sus presuntas fechorías. No obstante aquello de pensar mal y acertar no deja de tener en muchos casos su fundamento.
En cualquier supuesto, más que la génesis importa el desenlace que aquí es más bien metáfora nada edificante. En tiempos de estrechez económica máxima, con brutales podas sociales, hay quienes se lo llevan crudo con una mano mientras con la otra se predica esfuerzo y austeridad. Una revelación ridícula por sabida en un país en el que los mismos que aplauden ese ‘hay que trabajar más y cobrar menos’ callan ante este tipo de golfadas preocupados como están en demonizar a un sindicalista que se toma unas cañas tras una manifestación. No deja de ser elocuente que la hoy funcionaria Aguirre, uña y carne del detenido, no se haya cogido un ‘moscoso’ para dar su opinión con el desparpajo que se gasta en otras ocasiones. En aras del rigor cierto es que las acusaciones contra Díaz Ferrán están sub iudice y, sin embargo, está ya demostrado que Cándido Méndez se bebió unos sorbos de cerveza.
Más irritante es que quienes tienen altas responsabilidades de Gobierno, léase su vicepresidenta, salgan al paso sin ni siquiera mencionar el nombre del interfecto, no se vaya a molestar, y se limite a una faena de aliño ante un hecho tan grave y significativo. Dinero público para reflotar empresas que se acaban por hundir, cientos de trabajadores en la calle, personajes con relevancia pública que se hacen pasar por insolventes aunque no tanto como para privarse de yates, chalés o coches de lujo… Y todo ello aderezado con una declaración de la renta que encima sale a devolver ¿De verdad que esto sólo nos parece raro a quienes no gobernamos?
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