El día a día

10/12/2012

Susana Ramírez.

Un chico llamado Domingo escribía a un programa de radio para agradecerles su compañía. El chico está enfermo. Sufre un cáncer terrible y muy difícil de curar. Él está agradecido a ese programa de radio por la labor que hacen, y por la compañía que le regalan sin pedir apenas nada a cambio, porque han calmado muchas noches su dolor, el del cuerpo y el alma. Cuando la enfermedad te hace arrastrarte por el suelo, cuando el dolor es insoportable y piensas que esa noche puede ser la última noche.

Al escuchar la emotiva carta que escribía Domingo he llegado a una reflexión sobre la vida y la muerte. No somos conscientes de lo que verdaderamente tenemos, que es ni más ni menos que esta oportunidad de estar vivos y poder disfrutar de la vida.  Escuché una vez que lo importante no era perder el miedo a la muerte, sino el miedo a la vida. Ya que perdiendo el miedo a la vida, somos capaces de hacer todo aquello que nos da miedo o nos creemos incapaces de hacer. Solo de esta manera, podemos crecer y vivir plenamente.

 

Domingo tal vez se cure, o tal vez no. Yo deseo que mejore. Tal vez para mejorar solamente necesite la fuerza que desprendían esas palabras, en esa emotiva carta que escribía al programa de radio. Así que algo ya tiene, un paso importante, esa fuerza interior con la que estoy segura que podrá lidiar con esa terrible enfermedad.

Sin embargo me quedo pensando en todos nosotros. En lo poco que apreciamos la vida. Nos mantenemos pegados a  la tecnología, viviendo en un mundo electrónico del que no somos capaces de salir, porque no queremos salir. El mundo virtual nos ciega en muchas ocasiones, nos roba la palabra, nos hace ser personas que no seríamos nunca y en ocasiones nos aparta de las personas que realmente nos importan.

 

El tiempo transcurre rápido. Los años imparables, no perdonan. La edad se va apreciando en la piel y aprendemos a crear armaduras que posiblemente nos protejan de un temible futuro. No lo sé.

Pero seguimos vivos y tenemos cien mil días ahí esperándonos. Deseando que los exprimamos al máximo. Pero que sobre todo vivamos esos días irrepetibles y que se consumen para siempre desde que un día pasa a ser el día siguiente.

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