Observen atentamente a esta mujer. Sí, a Mercedes Alaya. Juez, inteligente, trabajadora, implacable en el desempeño de sus funciones, bailando con dignidad y templanza entre los más feos, valiente, discreta, y por qué no decirlo, elegante y atractiva. Fantásticamente conservada para un medio siglo que da gloria -y esta última apreciación no es machista ni feminista: es una verdad como un templo-. Absténgase de malmeter demagogos y populistas: a las mujeres nos gustan los piropos y los halagos sinceros; más aún si provienen de otra mujer.
Mientras muchos de sus compañeros de profesión varones se suelen enzarzar en una de las disputas más antiguas del mundo, comprobando quién es el más gallito del corral, presumiendo sobre quién la tiene más grande -en literal y en figurado-, ella pico y pala, silenciosa, eficaz, sin prisa pero sin pausa, poniendo patas arriba una de las mayores tramas de corrupción de la historia de España, los ERES andaluces, imputando sin miedos ni medias tientas o metiendo entre rejas sin que le tiemble el pulso a todo aquel que lo merece. Cuenta con todos los ingredientes para convertirse en estrella mediática -como tanto parecen anhelar los machos togados patrios-, pero Mercedes ha decidido ejercer de lo que es, de juez. Destina su esfuerzo y su tiempo a impartir Justicia de la buena, a diestro y siniestro, con rapidez, igualdad e imparcialidad. Engordar el ego, pelearse por los titulares o protagonizar polémicas lo deja para otros. Y con semejante actitud ya lleva decenas de imputados y encarcelados en la causa que procesa mientras que en las tramas de los Gurteles, Bárcenas, Urdangarines o Pujoles al verlas venir todavía estamos. Y lo que nos queda…
Por suerte, en la sociedad contemporánea hay muchas jueces Alaya. Muchísimas. Ustedes seguro que conocen a alguna. O a varias. Puede que hasta convivan con ellas o formen parte de su entorno profesional o familiar. ¿Problema? En esta sociedad vana, morbosa, frívola, superficial, pasan inadvertidas cuando deberían ser el ejemplo de mujeres representativas del siglo XXI y espejo en el que mirarse para la juventud que despunta. Pero lejos de promocionar féminas inteligentes, luchadoras, trabajadoras, valientes, hechas a sí mismas, sensatas, coherentes, perseverantes, triunfadoras, los medios y la sociedad misma erre que erre con potenciar una tipología de señoras que deberían ser el hazmerreír o al menos pasar inadvertidas en estas décadas de mujeres independientes, profesionales y brillantes. Fulanita, la nueva novia, o la ex, o la encamada de futanito, señoritas salidas de la nada y sin más bagaje que esta o aquella relación sentimental; la hija, la sobrina, la nuera o la nieta de esa otra que despuntó vía braguetazo y cuya descendencia es lela, inútil, pueril. Eso sí, dominan el complejo arte de posar poniendo morritos en las instantáneas de photocall. Las propias publicaciones femeninas que se autodefinen como estandarte de las mujeres de hoy, caen en contradicción permanente al promocionar reiterativamente a personajes sin oficio ni beneficio, de intelecto desconocido más allá de pescar ilustre varón, o de amortizar hasta el aburrimiento genealogía y parentesco. Flaco favor hacen a las féminas valiosas, talentosas, dedicando portadas y amplios reportajes a mujeres absurdas que viven del cuento y del posado, repetitivas hasta la saciedad, mientras centenares, miles de jueces Alaya con mucho que contar, de las que tenemos tanto que aprender, sobre las que nos encantaría conocer detalles y hazañas, que aportan beneficios a la sociedad de infinitas maneras, que se superan cada día para mejorar la disciplina que practican –cultura, ciencia, deporte, economía, investigación, labores humanitarias, etc.- se las menosprecia y excluye injustamente.
Les invito a poner en práctica un sencillo ejercicio; la próxima vez que abran un medio femenino analicen los méritos, aptitudes, logros, ingenio, valía o trayectoria vital de las que usurpan espacio y a quienes se las otorgan atenciones. ¿De verdad les place que sus hijas idolatren semejantes modelos de conducta? Queremos más Mercedes Alaya y menos mujeres absurdas.
Twitter: @CarmelaDf
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