‘Blackbird’: Entre dos aguas

14/04/2017

Luis M. del Amo. La falta de unidad lastra el vuelo del montaje de Carlota Ferrer sobre la obra del escocés David Harrower.

Fotos: Vanessa Rabade

Blackbird, de Carlota Ferrer, la obra de David Harrower en torno al amor tortuoso entre un adulto y una niña, que interpreta Irene Escolar, heredera de una vieja estirpe teatral, y el camaleónico José Luis Torrijo, confronta sobre las tablas del Teatro Pavón Kamikaze, no solo las consecuencias de este amor imposible, sino también el alcance de dos concepciones teatrales opuestas, a saber, la manera clásica, por un lado, que se caracteriza por mantener oculta al público la carpintería teatral, y por otro, el formalismo de los nuevos lenguajes, resuelto a huir de toda ilusión escénica.

En Blackbird, tenemos ocasión de ver una combinación de ambos discursos, el clásico y el vanguardista. Su directora, Carlota Ferrer, una joven promesa de la escena, ha cimentado su formación en ambas orillas. Por un lado, desde hace diez años, trabaja como ayudante de dirección en el Teatro de la Abadía, al servicio de los más reputados creadores de la escena (Gómez, Rigola…). Por otro, participa en diversos programas asociados a ese discurso teatral innovador, entre ellos el Draft.inn, la Biennale de Venecia, colaborando, en suma, no solo como directora, sino también como actriz y coreógrafa, con diversos montajes que se enmarcan en esta corriente de renovación del lenguaje teatral.

Hecha esta introducción, hay que pasar a continuación a juzgar su trabajo en esta Blackbird, a partir de la obra del autor escocés. Y, primero, después de dejar sentado que el resultado general de la obra es satisfactorio, y supone además una buena oportunidad de ver en escena a dos buenos actores encarnando un texto muy destacado, hay que señalar alguno de los puntos débiles del montaje. Estas fisuras, que empañan el brillo de la obra, se hallan precisamente en la integración de ambas corrientes teatrales, estos dos modos de hacer teatro, la clásica y la innovadora.

Recursos mal integrados

Nada que objetar a la primera parte del espectáculo, el intercambio de golpes que provocará la visita de la que fuera niña a su antiguo abusador. Sin embargo, después de ver este magnífico ejemplo de teatro convencional, donde el texto de Harrower – muy superior a otros autores del dolor con quienes se le ha comparado; en particular, Sarah Kane – el texto, lejos de golpear siempre sobre la misma tecla, como alguno de los anteriores, es capaz de profundizar en aquella relación, y, lo más importante, de servir una serie ordenada y verdadera de acontecimientos universales que reflejan los estados del alma humana en esta relación particular.

En esta parte, bien imaginada y bien servida en el texto en cuanto al ritmo de aparición de los acontecimientos, la mano de Ferrer en la dirección se muestra hábil en cuanto a ritmos, tonos y pausas, y los actores transitan por la historia con enorme acierto.

El problema viene después, en mi opinión. En particular, en la última fase del espectáculo, cuando la dirección toma algunas decisiones que rompen la coherencia de este discurso, sin aportar nada sustancial a cambio. Nos referimos al momento en que los actores, después del primer combate, deben abordar dos largos monólogos armados con sendos micrófonos de mano, sin que nada en el interior de la historia justifique esta decisión (no se encuentran en un escenario).

Esta intrusión – cuya lógica, aventuramos, quizás remita a un intento distanciador a lo Brecht– apenas aporta nada, aunque bien es verdad tampoco hecha a pique la eficacia de ambos textos, uno de ellos además coronado por una canción que supone uno de los momentos grandes de la obra.

El otro elemento distorsionador, por su mala integración con el resto, no por su legitimidad como recurso, es una especie de danza que ambos actores ejecutan, una vez que el combate los ha dejado exhaustos, aunque en cierto modo renovados. Tampoco en este caso se logra nada sustancial, en mi opinión, con este recurso, mal integrado con el resto de la obra.

Solo añadir que la directora Carlota Ferrer posee algunos ejemplos más afortunados de uno de estos momentos extradiscursivos, en particular algunas coreografías que el director Miguel del Arco utilizó en la obra Misántropo, y cuya eficacia precisamente tuvimos ocasión de elogiar aquí.

Intérpretes en el desfiladero

Finalmente, no podemos acabar sin referirnos a la interpretación de, por un lado, Irene Escolar – la joven heredera de la estirpe de los Gutiérrez Caba –, un valor en alza, y que ofrece aquí una buena muestra de los tonos más dramáticos de su repertorio, sin incurrir en un solo subrayado emocional, y siempre son una gran naturalidad, y por otro, de José Luis Torrijo, un descubrimiento para mí, a pesar de ser un asiduo de la escena, y que se muestra siempre sólido y solvente, incluso cuando ha de atravesar el desfiladero que le sirve el montaje, la interpretación de una balada en un momento realmente crítico de la función y que, a pesar de lo arriesgado de la apuesta, resuelve magníficamente, sin que le tiemble lo más mínimo la voz. Bravo por él.

En definitiva, una obra muy importante, de visión recomendada, cuya dirección, junto a grandes aciertos, muestra algunas fallas en la integración de recursos escénicos, y que arranca momentos universales a partir de una relación – bien imaginada en el texto – de un carácter muy particular.

Muy recomendable.

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