‘La valentía’: Cuento de fantasmas

18/05/2018

Luis del Amo. Un poco inspirado Sanzol presenta en Madrid un juguete cómico en torno a la literatura de misterio.

Nadie es infalible. Ni siquiera el propio Alfredo Sanzol, el multipremiado dramaturgo, que ayer presentó en Madrid su última creación, La valentía, en el teatro Pavón. La obra, una comedia inspirada en los cuentos de fantasmas que reúne algunos de los elementos del teatro del navarro, no logra sin embargo entusiasmar al espectador, ni levantar el vuelo a lo largo de la mayor parte de su hora y media de representación.

Sanzol viene de recoger el Nacional de Teatro. Y sobre todo de cosechar un apabullante y muy merecido éxito por La ternura, una exquisita incursión en la comedia inspirada en el teatro isabelino. Ya tuvimos aquí ocasión de comentar esa obra, y de aconsejar vívidamente su visión; algo que es hoy posible de nuevo gracias a su retorno a los escenarios madrileños.

Otra cosa muy distinta es esta La valentía. Concebida como juguete cómico en torno una centenaria casa – cercada por la especulación y habitada por presencias ‘extrañas’ – , el autor y director navarro utiliza en esta ocasión el cuento de fantasmas como referente fundamental para montar su comedia.

El argumento es sencillo. Dos hermanas, que habitan una casa centenaria, discrepan sobre el futuro de la vivienda. Una de ellas quiere venderla, y olvidar así su paso por la centenaria casona; mientras que otra prefiere quedarse, y luchar por preservar los cimientos de su existencia, a pesar de la ruidosa autopista que le construyeron años atrás, pegada al que fuera edénico jardín.

Poco más se puede contar sin destripar la obra. Sin embargo, ya en el programa, se advierte del concurso de unos fantasmas en el desarrollo y resolución de la comedia, que mantiene su vínculo con algunos de los temas favoritos del autor, véase, la capacidad de resistir, el modo de afrontar los problemas, y los conflictos que provoca el corsé social en la vida de los individuos.

Escenografía a la contra

Con estos elementos, y seis actores en escena, el autor levanta una estructura cómica. Y la embute en los confines de una casa, que se representa bajo de la forma de unos enormes bastidores, recubiertos de tela.

Una idea la de los bastidores, apreciable en sí misma, pero que no favorece, en mi opinión, en absoluto, el desarrollo de la obra, sino que, por el contrario, estorba el teatro del navarro, caracterizado de ordinario por una simplicidad mayor en el apartado escenográfico.

Así, en esta ocasión, los cambios de escena, y los movimientos de estos gigantescos bastidores, se presentan algo pesados, alejados de la esencial sencillez y espíritu juguetón con que Sanzol suele presentar sus obras.

Sin embargo, no es la escenografía el mayor problema de la obra. Sino el texto, en mi opinión, demasiado lineal, falto de chispa y carente del vuelo necesario para distanciarse de los tópicos que utiliza. Una falta de gracia que, unida a la ausencia de rodaje de la pieza presentada el miércoles – en su ensayo general –, motiva que apenas un par de escenas logren levantar el vuelo en toda la función; a saber, la parte de las caricias de un par de personajes, y el monólogo en torno al silencio que pronuncia una de sus protagonistas, Guada.

Significativamente, hay que decir que, en esta última escena, el monólogo, se corre el riesgo de que quede sepultada por la rueda de carcajadas facilonas que tienen lugar a lo largo de la obra, un rasgo indigno del teatro de Sanzol, y que acerca peligrosamente a la obra a otro tipo de espectáculo de valor muy inferior.

Tan solo el desatado final, en pura clave cómica, y las notables interpretaciones de sus actores – Jesús Barranco, Francesco Carril, Inma Cuevas, Estefanía de los Santos, Font García y Natalia Huarte – (con problemas vocales alguno de ellos al inicio de la obra), rescatan algunos tramos de esta comedia fallida, en mi opinión, que no figura ni de lejos en lo mejor de la producción del genial autor y director.

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